'Silencio', de Edgar Allan Poe | Audiolibro

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Título: Silencio
Autor: Edgar Allan Poe
Narrador: Francisco Fernández

 

 

-Escúchame -dijo el demonio, poniendo una mano sobre mi cabeza-. El país que te digo está en una región lúgubre. Se encuentra en Libia, junto a las orillas del Zaire. Allí no existe descanso ni silencio.

Las aguas del río son de un tinte azafranado y lívido. No corren hacia el mar, sino que eternamente se agitan, bajo la pupila roja del sol, con un movimiento alocado y tumultuoso. A ambas orillas de este río de fangoso cauce se extiende, en una distancia de muchas millas, un pálido desierto de gigantescos nenúfares. Uno contra otro, se muestran como anhelantes en esta soledad, y dirigen hacia el cielo sus largos cuellos fantasmales. Inclinan, a un lado y otro, sus perennes corolas y de ellos sale un rumor confuso parecido al reflujo de un torrente subterráneo. Inclinándose uno hacia el otro, suspiran; pero hay una frontera en su imperio, y ésta es la selva densa y oscura.

A semejanza de las olas en torno de las islas Hébridas, los árboles están en perpetua agitación, y no sopla viento alguno en el cielo. Los ernormes árboles primitivos se balancean continuamente, cediendo con un estrépito impresionante. Desde sus altas copas, llorando gota a gota, se filtra un inacabable rocío. Extrañas flores venenosas se retuercen a sus pies en un perpetuo duermevela, y sobre sus copos, provocando un suave eco, nubes de plomo se precipitan hacia el oeste, hasta que como una catarata se vierten detrás del muro ardiendo del horizonte. Pero a pesar de ello, repito, no hay fuerte viento, y a ambas orillas del Zaire, no existe el silencio ni la calma.

 

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    Una mañana, tras un sueño intranquilo, Gregorio Samsa se despertó convertido en un monstruoso insecto. Estaba echado de espaldas sobre un duro caparazón y, al alzar la cabeza, vio su vientre convexo y oscuro, surcado por curvadas callosidades sobre el que casi no se aguantaba la colcha, que estaba a punto de escurrirse hasta el suelo.


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    Hay ciertos temas que por su interés cautivan, aunque resulten en exceso horribles para los propósitos de la auténtica ficción. El buen escritor romántico debe evitarlos si no quiere ofender o desagradar. Sólo pueden ser tratados con propiedad cuando la gravedad y majestad de la verdad los santifican y sostienen.