San Manuel Bueno, mártir | Capítulo 11

San Manuel Bueno, mártir | Capítulo 11

 

Por entonces enfermó de muerte y se nos murió nuestra madre, y en sus últimos días todo su hipo era que don Manuel convirtiese a Lázaro, a quien esperaba volver a ver un día en el cielo, en un rincón de las estrellas desde donde se viese el lago y la montaña de Valverde de Lucerna. Ella se iba ya a ver a Dios.

-Usted no se va -le decía don Manuel-, usted se queda. Su cuerpo aquí, en esta tierra, y su alma también aquí, en esta casa, viendo y oyendo a sus hijos, aunque éstos ni la vean ni la oigan.

-Pero yo, padre -dijo- voy a ver a Dios.

-Dios, hija mía, está aquí como en todas partes, y le verá usted desde aquí. Y a todos nosotros en Él, y a Él en nosotros.

-Dios se lo pague -le dije.

-El contento con que tu madre se muere -me dijo- será su eterna vida.

Y volviéndose a mi hermano Lázaro:

-Su cielo es seguir viéndote, y ahora es cuando hay que salvarla. Dile que rezarás por ella.

-Pero...

-¿Pero...? Dile que rezarás por ella, a quien debes la vida, y sé que una vez que se lo prometas rezarás, y sé que luego que reces...

Mi hermano, acercándose, arrasados sus ojos en lágrimas, a nuestra madre agonizante, le prometió solemnemente rezar por ella.

-Y yo en el cielo por ti, por vosotros -respondió mi madre, besando el crucifijo, y puestos sus ojos en los de don Manuel, entregó su alma a Dios.

-«¡En tus manos encomiendo mi espíritu!» -rezó el santo varón.

 

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