San Manuel Bueno, mártir | Capítulo 8

San Manuel Bueno, mártir | Capítulo 8

 

He querido con estos recuerdos, de los que vive mi fe, retratar a nuestro don Manuel tal como era cuando yo, mocita de cerca de dieciséis años, volví del colegio de religiosas de Renada a nuestro monasterio de Valverde de Lucerna. Y volví a ponerme a los pies de su abad.

-¡Hola, la hija de la Simona -me dijo en cuanto me vio-, y hecha ya toda una moza, y sabiendo francés, y bordar y tocar el piano, y qué sé yo qué más! Ahora, a prepararte para darnos otra familia. Y tu hermano Lázaro, ¿cuándo vuelve? Sigue en el Nuevo Mundo, ¿no es así?

-Sí, señor; sigue en América...

-¡El Nuevo Mundo! Y nosotros en el Viejo. Pues bueno: cuando le escribas, dile de mi parte, de parte del cura, que estoy deseando saber cuándo vuelve del Nuevo Mundo a este viejo trayéndome las novedades de por allá. Y dile que encontrará al lago y a la montaña como los dejó.

Cuando me fui a confesar con él, mi turbación era tanta, que no acertaba a articular palabra. Recé el «yo pecador», balbuciendo, casi sollozando. Y él, que lo observó, me dijo:

-Pero, ¿qué te pasa corderilla? ¿De qué o de quién tienes miedo? Porque tú no tiemblas ahora al peso de tus pecados ni por temor de Dios, no; tú tiemblas de mí, ¿no es eso?

Me eché a llorar.

-Pero, ¿qué es lo que te han dicho de mí? ¿Qué leyendas son ésas? ¿Acaso tu madre? Vamos, vamos, cálmate y haz cuenta que estás hablando con tu hermano...

Me animé y empecé a confiarle mis inquietudes, mis dudas, mis tristezas.

-¡Bah, bah, bah! ¿Y dónde has leído eso, marisabidilla? Todo eso es literatura. No te des demasiado a ella, ni siquiera a santa Teresa. Y si quieres distraerte, lee el Bertoldo, que leía tu padre.

Salí de aquella mi primera confesión con el santo hombre profundamente consolada. Y aquel mi temor primero, aquel más que respeto miedo, con que me acerqué a él, trocose en una lástima profunda. Era yo entonces una mocita, una niña casi; pero empezaba a ser mujer, sentía en mis entrañas el jugo de la maternidad, y al encontrarme en el confesonario junto al santo varón, sentí como una callada confesión suya en el susurro sumiso de su voz, y recordé cómo cuando, al clamar él en la iglesia las palabras de Jesucristo: «¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?», su madre, la de don Manuel, respondió desde el suelo: «¡Hijo mío!», y oí este grito, que desgarraba la quietud del templo. Y volví a confesarme con él para consolarle.

Una vez que en el confesonario le expuse una de aquellas dudas, me contestó:

-A eso, ya sabes, lo del catecismo: «Eso no me lo preguntéis a mí, que soy ignorante, doctores tiene la santa madre Iglesia que os sabrán responder».

-Pero ¡si el doctor aquí es usted, don Manuel!...

-¿Yo, yo doctor? ¿Doctor yo? ¡Ni por pienso! Yo, doctorcilla, no soy más que un pobre cura de aldea. Y esas preguntas, ¿sabes quién te las insinúa, quién te las dirige? Pues... ¡el Demonio!

Y entonces, envalentonándome, le espeté a boca de jarro:

-¿Y si se las dirigiese a usted, don Manuel?

-¿A quién? ¿A mí? ¿Y el Demonio? No nos conocemos, hija, no nos conocemos.

-¿Y si se las dirigiera?

-No le haría caso. Y basta, ¿eh?, despachemos, que me están esperando unos enfermos de verdad.

Me retiré, pensando, no sé por qué, que nuestro don Manuel, tan afamado curandero de endemoniados, no creía en el Demonio. Y al irme hacia mi casa topé con Blasillo el bobo, que acaso rondaba el templo, y que al verme, para agasajarme con sus habilidades, repitió -¡y de qué modo!- lo de «¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?». Llegué a casa acongojadísima y me encerré en mi cuarto para llorar, hasta que llegó mi madre.

-Me parece, Angelita, con tantas confesiones, que tú te me vas a ir monja.

-No lo tema, madre -le contesté-, pues tengo harto que hacer aquí, en el pueblo, que es mi convento.

-Hasta que te cases.

-No pienso en ello -le repliqué.

Y otra vez que me encontré con don Manuel, le pregunté, mirándole derechamente a los ojos:

-¿Es que hay Infierno, don Manuel?

Y él, sin inmutarse:

-¿Para ti, hija? No.

-¿Para los otros le hay?

-¿Y a ti qué te importa, si no has de ir a él?

-Me importa por los otros. ¿Le hay?

-Cree en el cielo, en el cielo que vemos. Míralo.

Y me lo mostraba sobre la montaña y abajo, reflejado en el lago.

-Pero hay que creer en el Infierno como en el Cielo -le repliqué.

-Sí, hay que creer todo lo que enseña a creer la santa madre Iglesia católica, apostólica romana. ¡Y basta!

Leí no sé qué honda tristeza en sus ojos, azules como las aguas del lago.

 

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