'1984', de George Orwell | Audiolibro 🎧📚

Título: 1984
Autor: George Orwell
Narrador: Francisco Fernández

 

Capítulos de 1984

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CAPÍTULOS

Primera parte

Capítulo I  (00:00:19)
Capítulo II  (00:41:12)
Capítulo III  (00:59:35)
Capítulo IV  (01:17:14)
Capítulo V  (01:40:17)
Capítulo VI  (02:12:33)
Capítulo VII  (02:25:00)
Capítulo VIII  (02:51:50)
 
Segunda parte
 
Capítulo I  (03:37:00)
Capítulo II  (04:00:41)
Capítulo III  (04:20:30)
Capítulo IV  (04:40:24)
Capítulo V  (05:01:00)
Capítulo VI  (05:20:43)
Capítulo VII  (05:26:18)
Capítulo VIII  (05:41:57)
Capítulo IX  (06:04:50)
Capítulo X  (07:26:22)
 
Tercera parte
 
Capítulo I  (07:39:46)
Capítulo II  (08:07:34)
Capítulo III  (08:48:16)
Capítulo IV  (09:15:20)
Capítulo V  (09:32:16)
Capítulo VI  (09:41:28)

 

 

Era un día frío y luminoso de abril y los relojes estaban dando las trece. Winston Smith, con la barbilla clavada en el pecho en un esfuerzo por escapar al desagradable viento, pasó a toda prisa entre las puertas de cristal de las Casas de la Victoria, aunque no lo bastante rápido para impedir que se colara tras él un remolino de polvo y suciedad.

El vestíbulo olía a col hervida y a esteras viejas. En un extremo habían colgado en la pared un cartel coloreado y demasiado grande para estar en el interior. Representaba solo una cara enorme de más de un metro de ancho: el rostro de un hombre de unos cuarenta y cinco años, con un espeso bigote negro y facciones toscas y apuestas. Winston se dirigió a las escaleras. Era inútil tratar de coger el ascensor. Raras veces funcionaba y en esos días cortaban la corriente eléctrica durante las horas diurnas. Era parte del impulso del ahorro en preparación para la Semana del Odio. El apartamento estaba en el séptimo, y Winston, que tenía treinta y nueve años y una úlcera varicosa en el tobillo derecho, subió despacio, parándose a descansar varias veces. En cada rellano, enfrente del hueco del ascensor, el cartel con el rostro gigantesco le contempló desde la pared. Era uno de esos carteles pensados para que los ojos te sigan cuando te mueves. «El Hermano Mayor vela por ti», decía el eslogan al pie.

Dentro del apartamento una voz pastosa estaba leyendo una lista de cifras relacionadas con la producción de hierro en lingotes. La voz procedía de una placa oblonga de metal parecida a un espejo empañado que formaba parte de la superficie de la pared de la derecha. Winston encendió una luz y el volumen de la voz disminuyó un poco, aunque las palabras siguieron siendo comprensibles. El instrumento (la «telepantalla», lo llamaban) podía atenuarse, pero no había manera de apagarlo del todo. Winston fue hacia la ventana: una figura pequeña y frágil cuya delgadez acentuaba el mono azul del uniforme del Partido. Su cabello era muy rubio y tenía el rostro rubicundo y con la piel curtida por el tosco jabón, las hojas de afeitar embotadas y el frío del invierno que acababa de concluir.

 

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'1984', de George Orwell

1984

Era un día frío y luminoso de abril y los relojes estaban dando las trece. Winston Smith, con la barbilla clavada en el pecho en un esfuerzo por escapar al desagradable viento, pasó a toda prisa entre las puertas de cristal de las Casas de la Victoria, aunque no lo bastante rápido para impedir que se colara tras él un remolino de polvo y suciedad.

'Frankenstein', de Mary Shelley

Frankenstein

El hecho en que se fundamenta esta narración imaginaria ha sido considerado por el doctor Darwin y por otros escritores científicos alemanes como perteneciente, hasta cierto punto, al campo de lo posible. No deseo que pueda creerse que me adhiero plenamente a esta hipótesis, sin embargo, al basar mi narración sobre este punto de partida no pienso haber creado solo un encadenamiento de hechos terroríficos concernientes por entero al orden sobrenatural.

'Niebla', de Miguel de Unamuno

Niebla

Se empeña don Miguel de Unamuno en que ponga yo un prólogo a este su libro en que se relata la tan lamentable historia de mi buen amigo Augusto Pérez y su misteriosa muerte, y yo no puedo menos sino escribirlo, porque los deseos del señor Unamuno son para mí mandatos, en la más genuina acepción de este vocablo.

'La tregua', de Mario Benedetti

La tregua

Sólo me faltan seis meses y veintiocho días para estar en condiciones de jubilarme. Debe hacer por lo menos cinco años que llevo este cómputo diario de mi saldo de trabajo. Verdaderamente, ¿preciso tanto el ocio? Yo me digo que no, que no es el ocio lo que preciso sino el derecho a trabajar en aquello que quiero.