Horal, de Jaime Sabines | Poema

    Poema en español
    Horal

    Lento, amargo animal 
    que soy, que he sido, 
    amargo desde el nudo de polvo y agua y viento 
    que en la primera generación del hombre pedía a Dios. 

    Amargo como esos minerales amargos 
    que en las noches de exacta soledad 
    ¿maldita y arruinada soledad 
    sin uno mismo? 
    trepan a la garganta 
    y, costras de silencio, 
    asfixian, matan, resucitan. 

    Amargo como esa voz amarga 
    prenatal, presubstancial, que dijo 
    nuestra palabra, que anduvo nuestro camino, 
    que murió nuestra muerte, 
    y que en todo momento descubrimos. 

    Amargo desde dentro 
    desde lo que no soy 
    ¿mi piel como mi lengua? 
    desde el primer viviente, 
    anuncio y profecía. 

    Lento desde hace siglos, 
    remoto ¿nada hay detrás?, 
    lejano, lejos, desconocido. 

    Lento, amargo animal 
    que soy, que he sido. 

    • Después de todo -pero después de todo- 
      sólo se trata de acostarnos juntos, 
      se trata de la carne, 
      de los cuerpos desnudos, 
      lámpara de la muerte en el mundo. 

      Gloria degollada, sobreviviente 
      del tiempo sordomudo 
      mezquina paga de los que mueren juntos. 

    • Sólo en sueños, 
      sólo en el otro mundo del sueño te consigo, 
      a ciertas horas, cuando cierro puertas 
      detrás de mí. 
      ¡Con qué desprecio he visto a los que sueñan, 
      y ahora estoy preso en su sortilegio, 
      atrapado en su red! 

    • No es nada de tu cuerpo 
      ni tu piel, ni tus ojos, ni tu vientre, 
      ni ese lugar secreto que los dos conocemos, 
      fosa de nuestra muerte, final de nuestro entierro. 
      No es tu boca -tu boca 
      que es igual que tu sexo-, 
      ni la reunión exacta de tus pechos, 

    • Pequeña del amor, tú no lo sabes, 
      tú no puedes saberlo todavía, 
      no me conmueve tu voz 
      ni el ángel de tu boca fría, 
      ni tus reacciones de sándalo 
      en que perfumas y expiras, 
      ni tu mirada de virgen 
      crucificada y ardida. 

    • Un ropero, un espejo, una silla, 
      ninguna estrella, mi cuarto, una ventana, 
      la noche como siempre, y yo sin hambre, 
      con un chicle y un sueño, una esperanza. 
      Hay muchos hombres fuera, en todas partes, 
      y más allá la niebla, la mañana. 

    • Pasa el lunes y pasa el martes 
      y pasa el miércoles y el jueves y el viernes 
      y el sábado y el domingo, 
      y otra vez el lunes y el martes 
      y la gotera de los días sobre la cama donde se quiere 
      dormir, 
      la estúpida gota del tiempo cayendo sobre el corazón 

    • Mansamente, insoportablemente, me dueles. 
      Toma mi cabeza. Córtame el cuello. 
      Nada queda de mí después de este amor. 

      Entre los escombros de mi alma, búscame, 
      escúchame. 
      En algún sitio, mi voz sobreviviente, llama, 
      pide tu asombro, tu iluminado silencio. 

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