'El conde Lucanor', de Don Juan Manuel (1330-1335)

Título: El conde Lucanor
Autor: Don Juan Manuel
Narrador: Francisco Fernández

 

CAPÍTULOS

00:00:08 - Anteprólogo: Libro de los cuentos del Conde Lucanor y de Patronio
00:02:08 - Prólogo
00:05:49 - 1. Lo que sucedió a un rey con un ministro suyo
00:15:08 - 2. Lo que sucedió a un honrado labrador con su hijo
00:22:42 - 3. Del salto que dio en el mar el rey Ricardo de Inglaterra peleando contra los moros
00:33:01 - 4. Lo que dijo un genovés a su alma al morirse
00:36:56 - 5. Lo que sucedió a una zorra con un cuervo que tenía un pedazo de queso en el pico
00:41:53 - 6. Lo que pasó a la golondrina con los otros pájaros cuando sembró el hombre lino
00:45:06 - 7. Lo que sucedió a una mujer llamada doña Truhana
00:48:16 - 8. Lo que sucedió a un hombre al que le tuvieron que limpiar el hígado
00:50:39 - 9. Lo que sucedió a los dos caballos con el león
00:55:42 - 10. Lo que sucedió a un hombre que por pobreza y falta de otra cosa comía altramuces
00:59:19 - 11. Lo que sucedió a un deán de Santiago con don Illán, el mago de Toledo
01:09:30 - 12. La zorra y el gallo
01:16:32 - 13. Lo que sucedió a un hombre que cazaba perdices
01:19:33 - 14. El milagro que hizo Santo Domingo cuando predicó en el entierro del comerciante
01:23:39 - 15. Lo que sucedió a don Lorenzo Suárez en el sitio de Sevilla
01:32:18 - 16. La respuesta que dio el conde Fernán González a Nuño Laínez, su pariente
01:35:27 - 17. Lo que sucedió a un hombre que tenía mucha hambre, a quien convidaron por cumplido a comer
01:38:29 - 18. Lo que sucedió a don Pedro Meléndez de Valdés cuando se le rompió la pierna
01:43:57 - 19. Lo que sucedió a los cuervos con los búhos
01:48:50 - 20. Lo que sucedió a un rey con un hombre que le dijo que sabía hacer oro
01:55:56 - 21. Lo que sucedió a un rey mozo con un gran filósofo a quien su padre le había encomendado
02:03:26 - 22. Lo que sucedió al león y al toro
02:10:16 - 23. Lo que hacen las hormigas para mantenerse
02:14:29 - 24. Lo que sucedió a un rey que quiso probar a sus tres hijos
02:23:11 - 25. Lo que sucedió al conde de Provenza, que fue librado de prisión por el consejo que le dio Saladino
02:39:01 - 26. Lo que sucedió al árbol de la Mentira
02:47:11 - 27. Lo que sucedió con sus mujeres a un emperador y a Alvar Fáñez Minaya
03:08:25 - 28. Lo que sucedió a don Lorenzo Suárez Gallinato en Granada
03:14:10 - 29. Lo que sucedió a una zorra que se tendió en la calle y se hizo la muerta
03:18:31 - 30. Lo que sucedió al rey Abenabet de Sevilla con su mujer Romaiquía
03:22:59 - 31. La sentencia que dio un cardenal a los canónigos de París y a los franciscanos
03:26:02 - 32. Lo que sucedió a un rey con los pícaros que hicieron la tela
03:34:16 - 33. Lo que sucedió a un halcón sacre del infante don Manuel con un águila y una garza
03:39:18 - 34. Lo que sucedió a un ciego que conducía a otro
03:41:55 - 35. Lo que sucedió a un mozo que casó con una muchacha de muy mal carácter
03:51:40 - 36. Lo que sucedió a un mercader que halló a su mujer y a su hijo durmiendo juntos
03:57:01 - 37. La respuesta que dio el conde Fernán González a sus gentes después de vencer la batalla de Hacinas
03:59:50 - 38. Lo que sucedió a un hombre que iba cargado de piedras preciosas y se ahogó en un río
04:03:07 - 39. Lo que sucedió a un hombre con las golondrinas y los gorriones
04:05:16 - 40. Por qué perdió su alma un senescal de Carcasona
04:11:08 - 41. Lo que sucedió a un rey de Córdoba llamado Alhaquen
04:16:14 - 42. Lo que sucedió a una falsa devota
04:25:36 - 43. Lo que sucedió al Mal con el Bien y al cuerdo con el loco
04:34:11 - 44. Lo que sucedió a don Pedro Núñez el Leal, a don Ruy Gómez Ceballos y a don Gutierre Ruiz de Blanquillo con el conde don Rodrigo el Franco
04:43:26 - 45. Lo que sucedió al que se hizo amigo y vasallo del demonio
04:51:19 - 46. Lo que sucedió a un filósofo que por casualidad entró en una calle donde vivían malas mujeres
04:59:05 - 47. Lo que sucedió a un moro con una hermana suya que decía que era muy medrosa
05:03:56 - 48. Lo que sucedió a uno que probaba a sus amigos
05:13:48 - 49. Lo que sucedió al que dejaron desnudo en una isla al concluir su mandato
05:18:59 - 50. Lo que sucedió a Saladino con la mujer de un vasallo suyo
05:40:12 - 51. Lo que sucedió a un rey cristiano que era muy poderoso y muy soberbio
05:57:09 - Segunda parte del libro del conde Lucanor y de Patronio
06:14:39 - Tercera parte del libro del conde Lucanor y de Patronio
06:25:42 - Cuarta parte del libro del conde Lucanor y de Patronio
06:33:08 - Quinta parte del libro del conde Lucanor y de Patronio

 

 

En el nombre de Dios: amén. Entre las muchas cosas extrañas y maravillosas que hizo Dios Nuestro Señor, hay una que llama más la atención, como lo es el hecho de que, existiendo tantas personas en el mundo, ninguna sea idéntica a otra en los rasgos de la cara, a pesar de que todos tengamos en ella los mismo elementos. Si las caras, que son tan pequeñas, muestran tantísima variedad, no será extraño que haya grandes diferencias en las voluntades e inclinaciones de los hombres. Por eso veréis que ningún hombre se parece a otro ni en la voluntad ni en sus inclinaciones, y así quiero poneros algunos ejemplos para que lo podáis entender mejor.

Todos los que aman y quieren servir a Dios, aunque desean lo mismo, cada uno lo sirve de una manera distinta, pues unos lo hacen de un modo y otros de otro modo. Igualmente, todos los que están al servicio de un señor le sirven, aunque de formas distintas. Del mismo modo ocurre con quienes se dedican a la agricultura, a la ganadería, a la caza o a otros oficios, que, aunque todos trabajan en lo mismo, cada uno tiene una idea distinta de su ocupación, y así actúan de forma muy diversa. Con este ejemplo, y con otros que no es necesario enumerar, bien podéis comprender que, aunque todos los hombres sean hombres, y por ello tienen inclinaciones y voluntad, se parezcan tan poco en la cara como se parecen en su intención y voluntad. Sin embargo, se parecen en que a todos les gusta aprender aquellas cosas que les resultan más agradables. Como cada persona aprende mejor lo que más le gusta, si alguien quiere enseñar a otro debe hacerlo poniendo los medios más agradables para enseñarle; por eso es fácil comprobar que a muchos hombres les resulta difícil comprender las ideas más profundas, pues no las entienden ni sienten placer con la lectura de los libros que las exponen, ni tampoco pueden penetrar su sentido. Al no entenderlas, no sienten placer con ciertos libros que podrían enseñarles lo que más les conviene.

Por eso yo, don Juan, hijo del infante don Manuel, adelantado mayor del Reino de Murcia, escribí este libro con las más bellas palabras que encontré, entre las cuales puse algunos cuentecillos con que enseñar a quienes los oyeren. Hice así, al modo de los médicos que, cuando quieren preparar una medicina para el hígado, como al hígado agrada lo dulce, ponen en la medicina un poco de azúcar o miel, u otra cosa que resulte dulce, pues por   -31-   el gusto que siente el hígado a lo dulce, lo atrae para sí, y con ello a la medicina que tanto le beneficiará. Lo mismo hacen con cualquier miembro u órgano que necesite una medicina, que siempre la mezclan con alguna cosa que resulte agradable a aquel órgano, para que se aproveche bien de ella. Siguiendo este ejemplo, haré este libro, que resultará útil para quienes lo lean, si por su voluntad encuentran agradables las enseñanzas que en él se contienen; pero incluso los que no lo entiendan bien, no podrán evitar que sus historias y agradable estilo los lleven a leer las enseñanzas que tiene entremezclados, por lo que, aunque no lo deseen, sacarán provecho de ellas, al igual que el hígado y los demás órganos se benefician y mejoran con las medicinas en las que se ponen agradables sustancias. Dios, que es perfecto y fuente de toda perfección, quiera, por su bondad y misericordia, que todos los que lean este libro saquen el provecho debido de su lectura, para mayor gloria de Dios, salvación de su alma y provecho para su cuerpo, como Él sabe muy bien que yo, don Juan, pretendo. Quienes encuentren en el libro alguna incorrección, que no la imputen a mi voluntad, sino a mi falta de entendimiento; sin embargo, cuando encuentren algún ejemplo provechoso y bien escrito, deberán agradecerlo a Dios, pues Él es por quien todo lo perfecto y hermoso se dice y se hace.

Terminado ya el prólogo, comenzaré la materia del libro, imaginando las conversaciones entre un gran señor, el Conde Lucanor y su consejero, llamado Patronio.