'La ciudad está triste', de Ramón Díaz Eterovic

Título: La ciudad está triste
Autor: Ramón Díaz Eterovic
Narrador: Francisco Fernández

 

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Pensaba en la tristeza de la ciudad, cuando golpearon a la puerta, en las luces que esa tarde de invierno veía encenderse paulatinamente a través de la ventana y en las calles donde acostumbro a caminar sin otra compañía que mi sombra y un cigarrillo que enciendo entre las manos, reconociendo que, como la ciudad, estoy solo, esperando que el bullicio cotidiano se extinga para respirar a mi antojo, beber un par de tragos en algún bar de poca monta y regresar a mi oficina con la certeza de que lo único real es la oscuridad y el resuello de los lobos agazapados en las esquinas.

Había sido un día malo, con momentos llenos de tedio y ganas de ser otra persona, en otro oficio y otro mundo. A esa hora de la tarde no alentaba un cambio de suerte ni la llegada de mi hada madrina. Un día malo, como tantos desde hace tanto tiempo. Por la mañana, la resaca; al mediodía, caminar una docena de cuadras hasta sentir la humedad comiendo mis pies; y al final, llegar al despacho a estudiar el programa hípico o leer una novela policial adquirida a la rápida en una librería de viejo. En definitiva, lo de siempre. Dejar pasar otro día sin hacer mucho esfuerzo porque se note mi presencia. Ya hay demasiados en el ruedo que quieren matar al toro y muchos más que ni siquiera alcanzan a ubicarse en los asientos.

 

Autor/es
  • Albert Camus

    Hoy mamá ha muerto. O quizá ayer. No lo sé. Recibí un telegrama del asilo: «Falleció su madre. Entierro mañana. Sentidas condolencias.» Pero no quiere decir nada. Quizá haya sido ayer.


  • George Orwell

    Era un día frío y luminoso de abril y los relojes estaban dando las trece. Winston Smith, con la barbilla clavada en el pecho en un esfuerzo por escapar al desagradable viento, pasó a toda prisa entre las puertas de cristal de las Casas de la Victoria, aunque no lo bastante rápido para impedir que se colara tras él un remolino de polvo y suciedad.


  • Fedor Dostoyevski

    Era una noche prodigiosa, una de esas noches que sólo cuando somos jóvenes nos es dado contemplar. El cielo aparecía tan claro que, aun sin querer, al mirarlo, no había más remedio que preguntarse si bajo un cielo semejante podían vivir criaturas perversas. Forzoso es reconocer que semejante cuestión sólo se la plantea uno cuando es joven, muy joven. ¡Ojalá Dios reviva con frecuencia esa edad en vuestra alma!


  • Mary Shelley

    El hecho en que se fundamenta esta narración imaginaria ha sido considerado por el doctor Darwin y por otros escritores científicos alemanes como perteneciente, hasta cierto punto, al campo de lo posible. No deseo que pueda creerse que me adhiero plenamente a esta hipótesis, sin embargo, al basar mi narración sobre este punto de partida no pienso haber creado solo un encadenamiento de hechos terroríficos concernientes por entero al orden sobrenatural.