Becario primaveral, de Álvaro Sarró | Poema

    Poema en español
    Becario primaveral

    Pongo el índice sobre el detector.
    Pita.
    Se lo piensa.
    Pita de nuevo.
    'Acceso correcto'.
    Soy el número treinta y cuatro.
    Entro en la habitación.
    En su interior, quince personas a las que únicamente conozco de vista.
    Teclean, se aburren.
    'Buenas', digo.
    Alguno me saluda.
    Para el resto no existo.

    Me siento frente al ordenador.
    Miro al fondo mientras arranca.
    Tras el cristal de MI ventana: la sierra.
    El argentino que tengo al lado habla por teléfono
    con una mexicana a la que acosaban en la escuela.
    Sostiene el móvil con el hombro, escribe y se compadece de ella.
    Me cae bien el barbitas este.

    Nicole Kidman se fotografía con su hija.
    La Duma acepta a Medvédev como primer ministro.
    Las becas Erasmus crecen un 8\'5%.
    Los españoles quieren que sus hijos estudien chino.
    Y toda clase de mierdas.
    Además, ha fallecido Maurice Sendak.
    Lo cual me pone bastante triste.

    De pronto, el redactor jefe se me cuelga del hombro.
    La cara picada.
    Pelusa gris en las mejillas.
    Alucinados ojos azules.
    Boca torcida.
    Y letra indescifrable.
    Se interesa por mi adaptación.
    Me propone temas.
    Bromea.
    Procura resultar agradable.
    Juraría que es un buen hombre.
    Pero su forma de hablar me ataca los nervios.

    Mastico una manzana apoyado en el alféizar.
    Estoy en la habitación contigua a la redacción.
    Sala de reuniones y cocina.
    Miro pasar las nubes.
    Escucho ladrar a los perros.
    Y veo cagar a los pájaros.
    Pienso en escapar por el tejado.

    De vuelta a mi silla.
    La pierna derecha me baila.
    Fátima Báñez se hace la dura.
    Sin haber cotizado en su puta vida.
    Si quieres que te contraten deberás controlar tres idiomas.
    ¡Ánimo, en tu CV pone 'inglés: nivel medio'!
    Los alumnos de una escuela australiana están en
    contra de la caza de ballenas.
    Porque su migración inunda el puerto de turistas.
    No lo sabías, ¿eh?

    ...

    Las 19:58, según mi viejo Nokia.
    Apago, recojo y me voy.
    'Hasta mañana', digo.
    Alguno me despide.
    Para el resto no existo.

    Meo en los bañosde otra empresa.
    Segunda planta.
    Me lavo la cara.
    Bebo un poco de agua.
    Luego, salgo a la calle frotándome el ojo.

    Alergia.

    Mi viacrucis primaveral comienza en mayo.

    • Tipos con toda la cara de un neandertal me observan desde detrás de sus cubatas de cuatro euros.
      Me analizan, dentro de sus posibilidades.
      Se preguntan qué hace una mujer como ella con un niñato como yo.
      Noto sus miradas clavándose en mi cogote.

    • Disfruto de un interesante sueldo.
      Aprovecho mi privilegiada situación social.
      Me financio los vicios.
      Poseo vastos conocimientos teóricos.
      Me gusta considerarme progresista, creador, artista.
      Pero la gente superficial (y mala) añade datos a mi descripción.

    • Estoy tumbado en el sofá.
      Ella, sentada en su sillón.
      Nuestras manos, enlazadas.
      Y en la tele, María Teresa Campos, Ana Obregón, y todo el equipo.
      Ella recuerda sus tiempos de novia.
      Me pregunta por la mía.
      Sonrío, y le acaricio los nudillos.

    • El dolor de tripa.
      Las mismas trabas a la hora de narrar.
      Todo le suena pretencioso, envasado, artificial.
      Debe recuperar la furia de días pasados.
      Entonces, las historias brotaban como pus.
      Removían mentalidades.
      Eso es lo que trata de hacer.

    • Los cabrones avariciosos del pueblo han talado todos los chopos de la ribera.
      Ahora, el río fluye calvo a su paso por el municipio.
      Entre los lugareños se comenta que los mandatarios se han embolsado 100.000 euros con la acción.

    • A veces, estando solo en mi habitación, lloro de angustia.
      Procuro no hacer ruido, por lo que, generalmente, me cuesta respirar.
      Escribir no consigue aliviar este miedo a perder a los míos.
      Vivo atenazado por el temor de que cada instante compartido sea el último.

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