Divina Ribadesella 2012, de Álvaro Sarró | Poema

    Poema en español
    Divina Ribadesella 2012

    «Me vi rodeado por una multitud enfervorecida.
    Los jóvenes se rasgaban las camisetas y gemían.
    El hielo en sus vasos, el viento en sus gargantas.
    Se revolcaban sobre una capa de basura de cinco dedos de espesor.
    Alguien había defecado en las duchas.
    Y dentro del lavamanos.

    De madrugada, la playa se convirtió en un picadero.
    Un chaval vomitó junto a una pareja que derramaba sus fluidos al unísono.
    Lo que allí se amaba era el delirio.
    Oh, yo estaba embelesado por aquel grandioso espectáculo.
    Mi voz tiembla al recordarlo.

    Con la aurora salieron los graciosos del megáfono para despertar al personal.
    Uno de mis colegas se había abierto la cabeza (seis puntos) y no conseguía recordar cómo.
    Masticaba un dürüm, y por sus barbas goteaban salsa, llanto y babas.
    Dos colgados se tiraron al río con una colchoneta, cuando pasaban las piraguas.
    La policía los insultó, collejeó y detuvo, en ese orden.
    Llovía y llovía.
    ¡Fue maravilloso!.»

    D. tiene los brazos en alto.
    Declama extasiado, con las palmas hacia el cielo.
    'Menudo fiestón', dice alguien.

    El futuro en esas, nuestras manos.

    • Tipos con toda la cara de un neandertal me observan desde detrás de sus cubatas de cuatro euros.
      Me analizan, dentro de sus posibilidades.
      Se preguntan qué hace una mujer como ella con un niñato como yo.
      Noto sus miradas clavándose en mi cogote.

    • Disfruto de un interesante sueldo.
      Aprovecho mi privilegiada situación social.
      Me financio los vicios.
      Poseo vastos conocimientos teóricos.
      Me gusta considerarme progresista, creador, artista.
      Pero la gente superficial (y mala) añade datos a mi descripción.

    • Estoy tumbado en el sofá.
      Ella, sentada en su sillón.
      Nuestras manos, enlazadas.
      Y en la tele, María Teresa Campos, Ana Obregón, y todo el equipo.
      Ella recuerda sus tiempos de novia.
      Me pregunta por la mía.
      Sonrío, y le acaricio los nudillos.

    • El dolor de tripa.
      Las mismas trabas a la hora de narrar.
      Todo le suena pretencioso, envasado, artificial.
      Debe recuperar la furia de días pasados.
      Entonces, las historias brotaban como pus.
      Removían mentalidades.
      Eso es lo que trata de hacer.

    • Los cabrones avariciosos del pueblo han talado todos los chopos de la ribera.
      Ahora, el río fluye calvo a su paso por el municipio.
      Entre los lugareños se comenta que los mandatarios se han embolsado 100.000 euros con la acción.

    • A veces, estando solo en mi habitación, lloro de angustia.
      Procuro no hacer ruido, por lo que, generalmente, me cuesta respirar.
      Escribir no consigue aliviar este miedo a perder a los míos.
      Vivo atenazado por el temor de que cada instante compartido sea el último.

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