De fiesta en la aldea, de Álvaro Sarró | Poema

    Poema en español
    De fiesta en la aldea

    Tipos con toda la cara de un neandertal me observan desde detrás de sus cubatas de cuatro euros.
    Me analizan, dentro de sus posibilidades.
    Se preguntan qué hace una mujer como ella con un niñato como yo.
    Noto sus miradas clavándose en mi cogote.

    Dos rapados se empujan para atraer la atención de las féminas de la falda de tubo y el flequillo recto.
    Siguen la táctica del macho cabrío.

    No se ve una puta estrella.
    Las luces de esta pseudo-discoteca pueden provocar ataques de epilepsia en tiempo récord.
    Mientras tanto, unos gordos lanzan cubitos de hielo a los fiesteros.
    Diversión asegurada.

    Me mata el estómago.

    Ella se arrima demasiado.
    Percibe mis ganas de largarme.
    Intenta engatusarme.
    Lleva cinco copas.
    Su aliento dulzón me produce arcadas.
    Aprieta sus tetas, duras, perfectas, contra mi pecho.
    Aprieto los dientes para contener el vómito.

    En una de las mesas está la prima de su madre y el hijo de esta.
    Un chavalín en silla de ruedas.
    Ella me susurra algo.
    Parálisis cerebral, creo.
    Lo observo fijamente.
    Él me devuelve la mirada, pensativo.
    Es la persona más decente en varios kilómetros a la redonda.
    Me gustaría saber qué piensa.
    Cómo puede abstraerse de este sinsentido.
    Ahora, su mente está muy lejos de aquí.
    La mía también, pero sólo en el tiempo.
    La invaden imaginaciones, no recuerdos.
    Pero joden igual.
    Aguanto aquí por ella, mientras imagino cómo se la follaban borracha en el callejón de los meados.
    O detrás de un coche.
    O en la pista de frontón.

    Necesito reventar a alguien.
    Pido otro vodka.

    Bebo y me aíslo.
    Me aíslo y bebo.

    Puta mierda de noche.

    • A veces, estando solo en mi habitación, lloro de angustia.
      Procuro no hacer ruido, por lo que, generalmente, me cuesta respirar.
      Escribir no consigue aliviar este miedo a perder a los míos.
      Vivo atenazado por el temor de que cada instante compartido sea el último.

    • Tirado en la vieja mecedora.
      En la terraza del apartamento playero.
      Alzo la lata de Estrella Damm.
      Como si fuera el Santo Grial.
      Bebo con los ojos cerrados.
      El agua condensada gotea sobre mi ombligo.
      Acerco esta cerveza mediterránea a mis ojos miopes.

    • Al sexto cubata solía fantasear con:
      Cambiar su jotabé-cola por un acá-cuarentaysiete.
      Entrar en la pista central.
      Abrirse paso entre la multitud.
      - Entre los cavernícolas que se empujan como ciervos.
      - Entre las féminas de largas piernas y labios rojos.

    • Almuerzo en un bar, junto al metro de Avenida de la Ilustración.
      Bocadillo de calamares, tercio de Mahou, puñado de torreznos y 1984.
      Entro a currar en hora y media.
      Tic tac, tic tac.
      Aquí dentro se está de lujo.

    • El dolor de tripa.
      Las mismas trabas a la hora de narrar.
      Todo le suena pretencioso, envasado, artificial.
      Debe recuperar la furia de días pasados.
      Entonces, las historias brotaban como pus.
      Removían mentalidades.
      Eso es lo que trata de hacer.

    • Las sirenas azules aúllan atravesando la avenida.
      A toda velocidad.
      Dos, cuatro, seis.
      Se saltan semáforos.
      Provocan frenazos.
      E improperios.
      En Vicálvaro deben de tener mucho follón.
      O un menú del día que te cagas.
      Jornada tras jornada.

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