Masticamos embutidos burgaleses frente a la Torre de Londres. Mientras un par de gaviotas defecan sobre los inmortales leones. Y una miríada de japoneses inmoviliza el instante.
Pensamos en lo que nos dijo el simpaticorro guía catalán. (Tenía perilla y ganas de demostrar lo bien que se lo pasaba). 'Mientras haya cuervos en la Bloody Tower, la Casa Real británica permanecerá en el trono'.
David clava en mi pupila su pupila azul. 'Podemos venir con una escopeta y no dejar uno'. Digo que sí con la cabeza. 'Y de paso nos cargamos unas cuantas gaviotas. ¿Te parece?'. 'Wonderful', chapurreo. David me sonríe y echa un largo trago de su lata de sidra. ...
Me quedo frito sobre la colcha. Noche tras noche. Un calcetín cuelga del pie. El otro está en el suelo. La babilla empapa, paulatinamente, la almohada. El flexo sigue encendido. Mi madre suele decir que el día menos pensado saldré ardiendo.
Los restos del desayuno acampan sobre el mantel. Ella ha tenido un apretón. Escucho cómo canta una de esas estúpidas canciones de la radio. Su voz ondea desde el cuarto de baño. Y tiene una voz preciosa. Yo juego al Angry Birds con su teléfono.