Le di un vaso de ron Yacaré a la indigente borracha.
Piel fina, ajada. (Como un contrato de principios del siglo XX). Pómulos puntiagudos. Labios resecos. Cara de infinita tristeza.
No fui el buen samaritano de la semana. Me consuelo esforzándome en creer que aquellos mililitros de alcohol destilado infundieron un poco de calor en su maltrecho cuerpo. O que, al menos, le ayudaron a olvidar, durante un momento, que su colchón olía a meados y que el hambre acuchillaba su estómago 24/7.
Las finas hiedras se marchitan en las macetas de mamá. Procuran medrar, expandirse, pero el clima no lo consiente. Así que se limitan a ver pasar los coches, los perros, las nubes, las avispas, los transeúntes, las horas, los días, asomadas al balcón.
l curro. Las piernas me duelen cosa mala. No paran de moverse. El difusor de agua es un cabrón. Te la sirve a grado y medio. Y seguro que está envenenada. O algo peor. La subnormal de la cara taladrada me regaña.
Las fábricas de leche están bien jodidas. El Gobierno vacila y los agricultores se forran. Recordad, el pillaje sólo ha de ejercerse cuando se hayan agotado todas las vías diplomáticas.
La chica de la larga cabellera de rizos tostados solía pasearse por las faldas del Montdúver. Ojos de pantera brillaban tras las chispeantes y kilométricas pestañas.