Un rostro y la distancia, de Ángel Augier | Poema

    Poema en español
    Un rostro y la distancia


    a Raúl Luis, protagonista 
     
    Ella posaba para Boticelli 
    cuando la viste por primera vez. Los cabellos rectos 
    le llovían sobre el rostro, como ahora, 
    ocultando su inquieta mirada y esa expresión 
    de animalito asustado ante la vida. 
    Mientras inquirías del maestro 
    sobre la identidad de su modelo, ella desapareció, 
    sin que lograras saber dónde encontrarla. 
    Inútilmente recorriste las calles de Florencia, 
    pero te marchaste con su rostro grabado en la memoria 
    y con el lienzo que lo copió para la eternidad. 
    Vagaste años y años por el mundo sin límites 
    de tiempo ni de espacio, y en tu camino 
    siempre su imagen emergía entre brumas de sueño. 
    Y una tarde volviste a encontrarla inesperadamente 
    asomada al balcón de una casa en Madrid. 
    La misma boca interrogante, 
    la misma ansiedad honda en la mirada, 
    insinuándose bajo el pelo caído sobre el rostro. 
    Nada pudo detener tu violenta carrera hacia ella. 
    Buscaste en todas partes desesperado, 
    pero ella ya no estaba. Debiste conformarte 
    con arrancar del muro la tela de su imagen 
    recreada por la magia del Greco. 
    Más de un siglo después volviste a sorprenderla, 
    esta vez en París, pero también lejana, 
    inmóvil en el mundo atormentado de Modigliani, 
    aún fresca, la pintura que reflejaba el óvalo fino, 
    la llama interior, la talla esbelta en ángulos. 
    Solicitaste al maestro, pero ya su mirada 
    era la ausente de los que van hacia la muerte 
    y no supiste tampoco dónde hallarla. 
    Hoy, cuando de ella te separan muchos años 
    y mares y tierras de distancia, 
    en Varsovia la encuentras al fin de carne y hueso, 
    de encanto misterioso, de secreto fulgor, 
    de realidad y sueño. Y le has reconocido 
    el rostro huidizo de siglos que se ocultan 
    tras el velo adorable del cabello, 
    el mismo rostro perseguido y perdido y ansiado, 
    pero al llegar hasta ella, eres ajeno y lejano 
    porque nunca pudiste existir en su mirada, 
    porque jamás pudiste asomarte a sus ojos 
    ni hablarle a su corazón. 
    En tanto el tuyo queda rondando en torno al Vístula, 
    que discurre tan indiferente como ella, 
    mientras la distancia -de tierras, mares, años- 
    vuelve a trazar entre ustedes 
    una línea imposible para siempre.