La acacia, de Antonio Gala | Poema

    Poema en español
    La acacia




    Me llamó, me llamaba. 
    Miré en el fuego y no se consumía. 
    Lo anegó el agua, y era más sencillo 
    que el agua. 
    En el aire fue aire, y en la tierra 
    fue a veces la sonrisa o el mudable 
    resplandor de los astros. 
    Rompe el amor 
    la seriedad de la mañana como 
    la piedra ahuyenta la siesta del remanso. 
    Abate el bosque familiar sus ramos 
    y, cerrados los ojos, nos tendemos 
    sobre la tumba... ¿Aquí acaba la búsqueda? 
    No nos florece el corazón, ni cambia 
    el color del olvido. 
    La noche prohibida 
    devasta el trigal, tala los frutales, 
    sofoca con su velo la armonía 
    de las constelaciones. Ya se acerca 
    la aurora, sorteando 
    por la acera los cubos de basura: 
    ilesa vida abajo, intacta 
    entre las ruinas. Duerme 
    el cuerpo disponible 
    en su tronzado lecho de Procustes. 
    No rozará la luz 
    al prometido de la muerte, 
    ni se contagiará la muerte de blancura... 
    Yo sólo soy el hombre que presencia 
    mi vida, fijo los ojos en 
    el guardián del jardín. 
    Fueron éstas las cartas 
    que me correspondieron en el primer reparto. 
    Pero alguien hay que está 
    viviéndome, y respira al lado mío 
    el aire que me sobra. 
    Vendrá un día 
    en que yo seré el otro 
    y viviré lo que ahora para él vivo. 
    Hoy toda dicha posible quizá sea 
    habitar en la estéril esperanza. 





    Ah, si la hubierais visto... Si una tarde, 
    sentada en la ribera, la hubierais encontrado 
    ajena a su vibrante melodía 
    bajo la tarde, cerca de la acacia; 
    si a los pies del muro 
    encalado y los zócalos azules 
    os hubiese mirado de repente 
    a los ojos; si el soportal y el arco, 
    la verde lluvia, el ánfora y la yerba 
    indignos de ella os hubieran parecido; 
    si hubieseis visto el tiempo 
    que sorbe el corazón a las toronjas 
    ceñirse sin dañarla su cintura... 
    Ah, si la hubierais visto, 
    quizá comprenderíais. 
    Traía el mes de mayo entre los ojos. 
    Iba por mayo, libre 
    como un olor, liviana, 
    desnuda como el agua, y su andar era 
    lo mismo que una rosa desbordante. 
    Iba alumbrando mirtos y gardenias; 
    redimía la noche con su gozo, 
    y sólo su presencia -os lo aseguro- 
    aderezó un jardín que no se acaba. 
    Su cuerpo era salvaje como un río, 
    huidizo como un río, cuya fuerza 
    se renueva a medida que transcurre. 
    Qué abandono tan íntegro: nada hubo 
    comparable a su entrega, 
    pues es casi imposible que los lirios silvestres 
    se abandonen así por los taludes. 
    Confieso que en la alcoba yo le daba 
    ricos nombres de pájaros exóticos, 
    y que ella misteriosa sonreía 
    como sonreiría una flor imposible. 
    Bien sé que, al leer esto, los censores 
    rasgarán sus opacas vestiduras; 
    pero quiero deciros que ella fue 
    un jazmín blanco en el follaje oscuro, 
    e innumerables sus caricias 
    igual que el mar, igual que las hojillas 
    que presta abril sin tino a los retoños, 
    y un sabor a esperanza le mojaba los besos 
    de cañaduz y menta a media noche... 
    Era tan bella que quizá el amor 
    no se atrevió a elegirla como víctima. 
    Acaso ya entendáis por qué ahora estoy 
    ciego como los ojos de quien a nadie aguarda; 
    de qué cielo he caído, de qué alado 
    astro, y este dolor en que me pierdo. 
    Ya no podrán mis versos otras tardes 
    de orilla a orilla atravesar las aguas 
    inconstantes. No hay esparcidas vides 
    en los viñedos, 
    y el ruiseñor anida 
    en la negra rama enramada del silencio. 
    Por eso, si lo sabéis, decidme, 
    ¿cabe bajo la tierra 
    un corazón enamorado? 
    Pues ya comprenderéis, amigos míos, 
    que este amor es sin duda 
    una historia muy triste. 





    En soledad remota 
    lo que fue regocijo habita y muere. 
    Sólo encendido un frío fuego queda 
    de espaldas a la noche, y suplicantes 
    símbolos arduos nueva vida piden. 
    Pero hoy el corazón tengo anegado 
    de ayer, y un árbol silencioso 
    me cobija, sin frutos y sin hojas. 
    La hora de las llamas 
    transcurrió, amargo viento, 
    sin consumir del todo la esperanza. 
    En la acacia cantó la primavera, 
    mordió el amor la boca del deseo, 
    triunfó la sangre, bella y derrotada, 
    manchando la traición de los jardines. 
    Ya he aprendido que tiene el blanco abril 
    su flor, y agosto su abundancia. 
    Sé que el mar es eterno todavía 
    y sé otras cosas; pero el corazón 
    se me ahoga en el pozo del recuerdo. 
    Todo estuvo en la acacia, todo estuvo... 
    Ahora es la acacia el árbol del silencio. 





    Rasgó el amor, en sueños, sus ropas arrogantes 
    y el incipiente fruto confió a la mirada. 
    Lo infinito se hizo pormenor de repente; 
    sugestiva la tarde, como un huerto cerrado. 
    Es hora de adornarse con la roja dalmática 
    y de buscar la dicha a toda costa. 
    La dura náusea fue el único camino 
    de la estancia recíproca, del júbilo 
    imperioso. Hoy es todo 
    un alegre navío engalanado... 
    Alzar los ojos de felicidad 
    es no encontrar confines, 
    tan sólo verdes ríos 
    navegados entre juncias y hosannas. 
    Aquello que está lejos siempre es mar... 
    Son demasiadas muertes para una sola vida. 
    En el pequeño valle 
    fácilmente adormecido: 
    la yerba se vive adormecido: 
    la yerba medra y brilla, 
    las hojas se renuevan. 
    Bastan los juveniles remeros violando 
    la eternidad efímera del agua 
    y el presentimiento de la mansa ribera. 
    Basta la sazonada cargazón de la nave 
    que los fluviales bueyes embelesada guían. 
    ¿Con qué fin extender en cruz los brazos 
    y levantar los ojos y la frente inspirados? 
    Alguien hay que madura la caricia, 
    dócil a abril y abierto a la hermosura. 
    Ni el temor de escribir sobre la arena es justo ahora, 
    pues el rocío no se pierde en vano 
    ni el matiz de la menuda flor cae en el olvido... 
    Sé que se va la luz sendero arriba, 
    pero también a oscuras y en silencio se ama. 





    Pálida el alma va de tanta espera 
    por los oteros, tanta ciega espera 
    que hace languidecer el césped y la herida 
    de labios entreabiertos. 
    Pálida el alma rinde 
    a un vacío sosiego sus deseos, 
    pero la unánime turba de las lomas 
    un nuevo afán le enciende, 
    y el alma sigue, vendimiando espinos. 
    Porque el momento es éste, qué gozosos 
    el valle renaciente a la esperanza 
    y el ave azul veloz de la mañana. 
    Porque el instante es este de los atrevimientos, 
    jubilosos los aires se proclaman 
    mensajeros, y erige el sol dorada monarquía 
    entre los pinos y la baja tarde. 
    Denme rosas de olor que solloce 
    pálida el alma ya de tanta espera. 
    Consumado el presagio, como un eco 
    larguísimo se anuncia el doble paso 
    de su ternura y mi enternecimiento. 
    El sonoro silencio, como un trémulo 
    cañaveral, el índice en los labios, 
    impera; el ágil álamo edifica 
    su atención, y suspira la espadaña, 
    flor pensativa del arroyo; 
    se desnuda la brisa de armonías; 
    en sí medita el agua su milagro; 
    el sueño, consumado, y la enramada, 
    muda se ofrecen... Y el amor nos llega. 





    Hoy se queman los antiguos recuerdos 
    en una atardecer de antiguas llamas. 
    Voces que no entendemos nos advierten 
    de lo que no entendemos y nos mata, 
    mientras la luz a su cubil retorna 
    póstuma y delicada. 
    ¿Qué hacer teniendo manos todavía? 
    ¿Esperaremos otra vez el alba, 
    o dejaremos que la luna venga 
    a llenarla de nuevo de fantasmas? 
    Hoy la ciudad parece, con la lluvia, 
    una mano cerrada. 
    El ayer reverdece en la memoria 
    debajo de la acacia, 
    y el beso que nos dieron a su sombra 
    los labios nos abrasa. 
    Quién abriera paisajes 
    donde olvidar el alma... 
    Hay flores en el aire 
    que olvidan dar fragancia: 
    va envejeciendo mayo 
    y son ya todo filo las espadas. 
    Corazón nos hirieron, nos hirieron. 
    Ya no nos queda nada 
    que dar, que recibir, que arrebatarnos. 
    Hemos oído tantas 
    frases de amor a que ahora 
    se nos desploma sorda la esperanza... 
    Hoy se queman los últimos recuerdos 
    y se dicen las últimas palabras. 





    Miro hacia atrás y veo 
    la rosa innumerable. 
    ¿Qué flor, única, acaso 
    sucederá mañana? 
    Abro ventanas y 
    súbitos miradores: nada encuentro 
    sino el tiempo acechante. 
    Se aproxima el esposo 
    por caminos de cera 
    y la lámpara está 
    apagada hace mucho. 
    Hay labios que suspiran 
    al quebrarse las luces: 
    unos labios ardientes malheridos 
    por besos que no son los que esperaba. 
    ¿Es que sólo es posible abrir los brazos 
    y entrar en el silencio? 
    En una aguda noche me acuchilla 
    el seminal perfume de la acacia. 
    Paso al jardín y digo: 
    Aquí basta el recuerdo: 
    me sentaré debajo de este árbol; 
    renovaré la historia.. 
    Pero el agua no es fiel. Desaparece, 
    y queda abierta, muda, 
    fría, la piedra de los surtidores. 
    Hubo música aquí, y halagos hubo... 
    No se inventa un recuerdo, 
    ni la mano ni el arma 
    pueden nunca inventarse. 
    Miro hacia atrás y veo 
    repetirse las rosas. 
    ¿Cómo saber cuál era? 
    Porque yo busco la última 
    flor, la que permanece 
    a pesar de las flores. 
    Y ahora al volver la cara veo aún 
    el sitio donde voy 
    y la rosa que busco. 
    Desde la antigua rama 
    el sabio abejaruco me advirtió 
    a través de la sangre: .Hallarás 
    al destino dormido 
    en anillo de fuego. Amor y muerte 
    son sus manos. Desiste.. 
    Pero amaneció el día 
    de las consumaciones. 
    Ya me quemo. Ya está 
    clareando la tiniebla. 
    En tanto que haya muerte habrá esperanza. 





    Miró a mi corazón y dijo: .Aquí. 
    Aquí hay sitio bastante., 
    y apaciguó el amor sus estorninos 
    sobre mis tristes olivares. 
    Ensanchó salas, avenidas, 
    la herida seca de los cauces: 
    desconocido quedó todo 
    por los pasillos familiares. 
    Qué cánticos de luz. Qué aromas claras. 
    Qué danza próxima y distante. 
    Cómo saltaba y florecía 
    por las enredaderas de la sangre. 
    Florecía. Saltaba. Florecía 
    de nuevo. Su sabor teñía el aire. 
    Alteradas, las ramas prometieron 
    redondear en frutos el instante. 
    ¿Qué luna allí no hubiese concurrido? 
    ¿Qué ruiseñor callara allí delante? 
    Ojos palparon, bocas acechadas. 
    Las roncas manos jadeantes 
    alzaron triunfos de jazmín 
    sobre los hombros del más frágil. 
    El tallo se olvidó lo que sabía 
    porque aprendió la flor lo que no sabe. 
    Oh, inesperado. Oh, anhelado. 
    Cuando es vivir más importante, 
    la lengua quiere gritar: .¡Vivo!. 
    (Cerrad los ojos y olvidadme. 
    No envilezcáis ni la alegría 
    de ayer, ni la tristeza que ahora hace 
    ponerse el sol. Todo es sagrado; 
    todo es fecundo y adorable.) 
    Porque no brotan flores de la piedra 
    y en Betel vence siempre el Ángel, 
    tañe el amor su lira de oro 
    a un universo irremediable. 
    Mudos los labios del que sepa; 
    muda su voz. Que sólo canten 
    los que en las manos tienen rosas 
    y siembran rosas y las pacen. 
    ¿De qué vale la rosa imaginada 
    cuando hablan rosas a millares? 
    Yo miro manos, miro pechos, 
    miro relámpagos, paisajes, 
    nardos donde la aurora se posaba: 
    miré un jardín interminable. 
    Creció la miel que no razona 
    en la aridez de mis canchales. 
    Abrió ventanas matutinas 
    a relucientes pleamares... 
    Ya no. Ya no. Ya no encontramos 
    para seguir causa bastante. 
    Lo que ha de morir, muera; lo que ha 
    de pasar sin llevarnos, pase; 
    lo que va hacia la noche, que se oculte; 
    que no despierten al cadáver. 
    Vaya la rosas con su olor a cuestas, 
    el recuerdo, conmigo, y yo con nadie. 
    Repetiré, repetiré la dicha 
    que canté sonriendo, eterna, antes. 
    Miente la sed de quien se queda; 
    la verdad es de aquel que parte. 
    Miró a mi corazón .miraba-: .Aquí. 
    Aquí hay sitio bastante.. 
    Y de un hachazo derrocó 
    el olivo más alto de la tarde.

    Antonio Gala es dramaturgo, novelista, poeta y ensayista. Con su primera novela, El manuscrito carmesí, ganó el Premio Planeta. A ésta le han seguido La pasión turca, con una conocida adaptación cinematográfica, Más allá del jardín, Las afueras de Dios, El imposible olvido y los libros de relatos: Los invitados al jardín y El dueño de la herida. Su obra poética, iniciada con Enemigo íntimo, reconocido con el Premio Adonais de Poesía, continúa con Poemas cordobeses, Poemas de amor y El poema de Tobías desangelado. Con su comedia Los verdes campos del Edén inició una larga y fructífera carrera como dramaturgo, durante la cual escribe obras como Anillos para una dama y Petra regalada, así como el libreto de la ópera Cristóbal Colón. Su firma como articulista es de las más prestigiosas de España. Antonio Gala ha sido reconocido entre otros prácticamente incontables con el Premio Nacional de Literatura, Premio Nacional Calderón de la Barca, Premio Ciudad de Barcelona, Premio Foro Teatral, Premio del Espectador y de la Crítica, Premio Quijote de Oro, Premio Antena de Oro, Premio Mayte, Premio Nacional de Guiones, Premio Medios Audiovisuales 1976, etc. En 2002 inició sus actividades la Fundación Antonio Gala para jóvenes creadores.