La oración de las rosas, de Federico García Lorca | Poema

    Poema en español
    La oración de las rosas

    7 Mayo de 1918 
     
    ¡Ave rosas, estrellas solemnes! 
    Rosas, rosas, joyas vivas de infinito; 
    bocas, senos y almas vagas perfumadas; 
    llantos, ¡besos!, granos, polen de la luna; 
    dulces lotos de las almas estancadas; 
    ¡ave rosas, estrellas solemnes! 

    Amigas de poetas 
    y de mi corazón, 
    ¡ave rosas, estrellas 
    de luminosa Sión! 
    Panidas, sí, Panidas; 
    el trágico Rubén 
    así llamó en sus versos 
    al lánguido Verlaine, 
    que era rosa sangrienta 
    y amarilla a la vez. 
    Dejad que así os llame, 
    Panidas, sí, Panidas, 
    esencias de un Edén, 
    de labios danzarines, 
    de senos de mujer. 
    Vosotras junto al mármol 
    la sangre sois de él, 
    pero si fueseis olores 
    del vergel 
    en que los faunos moran, 
    tenéis en vuestro ser 
    una esencia divina: 

    María de Nazaret, 
    que esconde en vuestros pechos 
    blancura de su miel; 
    flor única y divina, 
    flor de Dios y Luzbel. 

    Flor eterna. Conjuro al suspiro. 
    Flor grandiosa, divina, enervante, 
    flor de fauno y de virgen cristiana, 
    flor de Venus furiosa y tonante, 
    flor mariana celeste y sedante, 
    flor que es vida y azul fontana 
    del amor juvenil y arrogante 
    que en su cáliz sus ansias aclara. 

    ¡Qué sería la vida sin rosas! 
    Una senda sin ritmo ni sangre, 
    un abismo sin noche ni día. 
    Ellas prestan al alma sus alas, 
    que sin ellas el alma moría, 
    sin estrellas, sin fe, sin las claras 
    ilusiones que el alma quería. 

    Ellas son refugio de muchos corazones 
    ellas son estrellas que sienten el amor, 
    ellas son silencios que lentos escaparon 
    del eterno poeta nocturno y soñador, 
    y con aire y con cielo y con luz se formaron, 
    por eso todas ellas al nacer imitaron 
    el color y la forma de nuestro corazón. 
    Ellas son las mujeres entre todas las flores, 
    tibios sancta sanctorum de la eterna poesía, 
    neáporis grandiosas de todo pensamiento, 
    copones de perfume que azul se bebe el viento, 
    cromáticos enjambres, perlas del sentimiento, 
    adornos de las liras, poetas sin acento. 
    Amantes olorosas de dulces ruiseñores. 

    Madres de todo lo bello, 
    sois eternas, magníficas, tristes 
    como tardes calladas de octubre, 
    que al morir, melancólicas, vagas, 
    una noche de otoño las cubre, 
    porque al ser como sois la poesía 
    estáis llenas de otoño, de tardes, 
    de pesares, de melancolía, 
    de tristezas, de amores fatales, 
    de crepúsculo gris de agonía, 
    que sois tristes, al ser la poesía 
    que es un agua de vuestros rosales. 
    Santas rosas divinas y varias, 
    esperanzas, anhelos, pasión, 
    deposito en vosotras, amigas; 
    dadme un cáliz vacío, ya muerto, 
    que en su fondo, mustiado y desierto, 
    volcaré mi fatal corazón. 
    ¡Ave rosas, estrellas solemnes! 
    Llenas rosas de gracia y amor, 
    todo el cielo y la tierra son vuestros 
    y benditos serán los maestros 
    que proclamen la voz de tu flor. 
    Y bendito será el bello fruto 
    de tu bello evangelio solemne, 
    y bendito tu aroma perenne, 
    y bendito tu pálido albor. 
    Solitarias, divinas y graves, 
    sollozad, pues sois flores de amor, 
    sollozad por los niños que os cortan, 
    sollozad por ser alma y ser flor, 
    sollozad por los malos poetas 
    que no os pueden cantar con dolor, 
    sollozad por la luna que os ama, 
    sollozad por tanto corazón 
    como en sombra os escucha callado, 
    y también sollozad por mi amor. 

    ¡Ay!, incensarios carnales del alma, 
    chopinescas romanzas de olor, 
    sollozad por mis besos ocultos 
    que mi boca a vosotras os dio. 
    Sollozad por la niebla de tumba 
    donde sangra mi gran corazón, 
    y en mi hora de estrella apagada, 
    que mis ojos se cierren al sol, 
    sed mi blanco y severo sudario, 
    chopinescas romanzas de olor. 
    Ocultadme en un valle tranquilo, 
    y esperando mi resurrección, 
    id sorbiendo con vuestras raíces 
    la amargura de mi corazón. 

    Rosas, rosas divinas y bellas, 
    sollozad, pues sois flores de amor.

    Federico García Lorca (Fuentevaqueros, 5 de junio de 1898 – camino de Víznar a Alfacar, 1936) fue un poeta y dramaturgo español, adscrito a la generación del 27. Desde pequeño entró en contacto con las artes a través de la música y el dibujo. En 1915 comenzó a estudiar Filosofía y Letras, así como Derecho, en la Universidad de Granada. Formó parte de El Rinconcillo, tertulia de los artistas granadinos, donde conoció a Manuel de Falla. Entre 1916 y 1917 realizó una serie de viajes por España con sus compañeros de estudios, que inspiraron su primer libro Impresiones y paisajes (1918). En 1919 se instaló en la Residencia de Estudiantes de Madrid, coincidiendo con numerosos artistas e intelectuales como Luis Buñuel, Rafael Alberti o Salvador Dalí. Allí empezó a florecer su actividad literaria, con la publicación de obras como Libro de poemas (1921) o El maleficio de la mariposa (1920). En 1929 viajó a Nueva York por sugerencia de Fernando de los Ríos, plasmando este viaje en Poeta en Nueva York, que se publicaría cuatro años después de su muerte, en 1940. En 1931 fundó el grupo teatral universitario La Barraca, para acercar el teatro al pueblo mediante obras del Siglo de Oro. Otro viaje a Buenos Aires en 1933 hizo crecer más su popularidad con el estreno de Bodas de Sangre y a su vuelta a España, un año después, siguió publicando diversas obras como Yerma o La casa de Bernarda Alba. En 1936, al regresar a Granada, fue detenido y fusilado por sus ideas liberales.