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'Prendimiento de Antoñito el Camborio en el camino de Sevilla', de Federico García Lorca | Poema

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Título: Prendimiento de Antoñito el Camborio en el camino de Sevilla
Autor: Federico García Lorca
Narrador: Francisco Fernández

 

 

Prendimiento de Antoñito el Camborio en el camino de Sevilla

 

(A Margarita Xirgu)

 

Antonio Torres Heredia,
hijo y nieto de Camborios,
con una vara de mimbre
va a Sevilla a ver los toros.
Moreno de verde luna
anda despacio y garboso.
Sus empavonados bucles
le brillan entre los ojos.
A la mitad del camino
cortó limones redondos,
y los fue tirando al agua
hasta que la puso de oro.
Y a la mitad del camino,
bajo las ramas de un olmo,
guardia civil caminera
lo llevó codo con codo.
 
* * *
 
El día se va despacio,
la tarde colgada a un hombro,
dando una larga torera
sobre el mar y los arroyos.
Las aceitunas aguardan
la noche de Capricornio,
y una corta brisa, ecuestre,
salta los montes de plomo.
Antonio Torres Heredia,
hijo y nieto de Camborios,
viene sin vara de mimbre
entre los cinco tricornios.
 
Antonio, ¿quién eres tú?
Si te llamaras Camborio,
hubieras hecho una fuente
de sangre con cinco chorros.
Ni tú eres hijo de nadie,
ni legítimo Camborio.
¡Se acabaron los gitanos
que iban por el monte solos!
Están los viejos cuchillos
tiritando bajo el polvo.
 
A las nueve de la noche
lo llevan al calabozo,
mientras los guardias civiles
beben limonada todos.
Y a las nueve de la noche
le cierran el calabozo,
mientras el cielo reluce
como la grupa de un potro.

 

  • Telégrafo

    La estación estaba solitaria. Un hombre iba y otro venía. A veces la lengua de la campana mojaba de sonidos balbucientes sus labios redondos. Dentro se oía el rosario entrecortado del telégrafo. Yo me tumbé cara al cielo y me fui sin pensar a un raro país donde no tropezaba con nadie, un país que flotaba sobre un río azulado.

  • Romance de la luna, luna

    La luna vino a la fragua
    con su polisón de nardos.
    El niño la mira mira.
    El niño la está mirando.
    En el aire conmovido
    mueve la luna sus brazos
    y enseña, lúbrica y pura,
    sus senos de duro estaño.
    ...

  • Muerte de Antoñito el Camborio

    Voces de muerte sonaron
    cerca del Guadalquivir.
    Voces antiguas que cercan
    voz de clavel varonil.
    Les clavó sobre las botas
    mordiscos de jabalí.
    En la lucha daba saltos
    jabonados de delfín.
    ...

  • Barcarola

    Todo el romanticismo fue una barcarola... pero una barcarola maravillosa. Si os fijáis un poco, en todas las obras románticas se oye chapotear con lentitud los remos. No hizo la serenata maravillosa, como no consiguió jamás el idilio perfecto, pero inventó y exaltó la barcarola.

  • Imagen
    Vicente Aleixandre

    Cinemática

    Vicente Aleixandre

    Venías cerrada, hermética,
    a ramalazos de viento
    crudo, por calles tajadas
    a golpe de rachas, seco.
    Planos simultáneos —sombras:
    abierta, cerrada—. Suelos.
    De bocas de frío, el frío.
    Se arremolinaba el viento
    ...

  • Imagen
    Ángel González

    Ciudad cero

    Ángel González

    Una revolución.
    Luego una guerra.
    En aquellos dos años —que eran
    la quinta parte de toda mi vida—,
    ya había experimentado sensaciones distintas.
    Imaginé más tarde
    lo que es la lucha en calidad de hombre.
    Pero como tal niño,
    ...

  • Imagen
    José Hierro

    A orillas del East River

    José Hierro

    En esta encrucijada,
    flagelada por vientos de dos ríos
    que despeinan la calle y la avenida,
    pisoteada su negrura por gaviotas de luz,
    descienden las palabras a mi mano,
    picotean los granos de rocío,
    buscan entre mis dedos las migajas de lágrimas.
    Siempre aspiré a que mis palabras,
    ...

  • Imagen
    Julio Herrera y Reissig

    La vuelta de los campos

    Julio Herrera y Reissig

    La tarde paga en oro divino las faenas.
    Se ven limpias mujeres vestidas de percales,
    trenzando sus cabellos con tilos y azucenas
    o haciendo sus labores de aguja, en los umbrales.
    Zapatos claveteados y báculos y chales...
    Dos mozas con sus cántaros se deslizan apenas.
    Huye el vuelo sonámbulo de las horas serenas.
    Un suspiro de Arcadia peina los matorrales.
    ...