Entre montes, por áspero camino, tropezando con una y otra peña, iba un viejo cargado con su leña maldiciendo su mísero destino. Al fin cayó, y viéndose de suerte que apenas levantarse ya podía, llamaba con colérica porfía una, dos y tres veces a la muerte. Armada de guadaña, en esqueleto La Parca se le ofrece en aquel punto; pero el viejo, temiendo ser difunto, lleno más de terror que de respeto, trémulo la decía y balbuciente: «Yo... señora... os llamé desesperado; pero... -Acaba; ¿qué quieres, desdichado? -Que me carguéis la leña solamente.» Tenga paciencia quien se cree infelice; que aun en la situación más lamentable es la vida del hombre siempre amable: El viejo de la leña nos lo dice.
Con varios ademanes horrorosos Los montes de parir dieron señales: Consintieron los hombres temerosos Ver nacer los abortos más fatales. Después que con bramidos espantosos Infundieron pavor a los mortales, Estos montes, que al mundo estremecieron,
Cierta viuda, joven y devota, cuyo nombre se sabe y no se anota, padecía de escrúpulos, de suerte que a veces la ponían a la muerte. Un día que se hallaba acometida de este mal que acababa con su vida, confesarse dispuso,
Érase una gallina que ponía un huevo de oro al dueño cada día. Aun con tanta ganancia mal contento, quiso el rico avariento descubrir de una vez la mina de oro, y hallar en menos tiempo más tesoro. Matóla, abrióla el vientre de contado;
Una noche ardorosa, después de haber cenado alguna cosa, la joven Isabela en su lecho acostada del todo despojada trataba de entregarse al dulce sueño. Mas una infame pulga la desvela picando con empeño ya el reducido pie, ya la rodilla,
A cierta moza un húsar, y no es cuento, porque le socorriera en sus apuros del carnal movimiento, le prometió ocho duros y después sólo cuatro la dio en paga. La moza, descontenta con esta trabacuenta, para que por justicia se le haga