Si usted no tiene una cuenta en Suiza
no entenderá este poema,
no entenderá las noticias,
las causas de la guerra,
las semanas de siete días.
Porque si usted no tiene una cuenta en Suiza
no es nadie. No está invitado a la fiesta.
Le servirá de poco vocear las condiciones climáticas,
conocer el interés de la deuda o la longitud del riesgo,
los costes de la llamada o su anchura de pecho,
el largo de chaqueta o su contorno de cuello;
el producto interior cero en sobres cerrados allende los impuestos.
Yo no tengo una cuenta en Suiza
pero me gustaría ocultarla.
Me gustaría barajar las cartas, partir el bacalao,
transferir la divisa según la franja horaria,
estafar con el reglamento en la mano, explotar una burbuja;
con una nariz anónima oler el mercado negro,
especular con el precio del precio
hasta que no cupieran los ceros en un cheque en blanco.
Si usted no tiene una cuenta corriente en Suiza
debería tenerla, vacía,
para entender este poema.
I
Sé que lloraré cuando te vayas,
durante meses,
un torrente
por los ojos.
Si es pronto,
la juventud
me aplastará
como a una mosca
veraniega.
Era mucho más fácil
Lo más fácil era soltarlo todo
y echar a volar,
sin avisos, sin maletas, sin sombrero,
sin alas, sin hambre de carnicero.
Era marcharse a cualquier otro lugar
inevitablemente dentro de este sitio.
Aún no se conoce la forma de la vida,
si todo proviene de un continente
que no es hongo, animal o planta;
cómo era la primera procariota
que guardó el alma dentro de su cuerpo,
Ramas esculpidas bajo mármol,
lluvia entre cascadas de sables,
sombras hundidas en el barro.
Desde entonces soy rayo latente.
Antes encina, nogal, a veces sauce.
Ahora me quedo fuego, impotente.
Vas a morir
(por si no lo sabías).
Puedes seguir
viviendo en fascículos
de mes a mes.
A incómodos plazos
sin intereses.
De todas formas,
vas a morir.
Por si no lo sabías.
1. Una vez me enamoré
1. 1. No hablaba mi idioma
1. 2. Decidí callar
1. 3. Ahora la amo entre mis dedos
1. 4. Sus ojos son de primavera
Búscame ahora que tenemos en común
esta dulce sensación calórica
del sol en la piel los días de invierno.
Ahora que nuestras palabras no son tan ajenas,
ni tan nuestras siquiera.
El tiempo olvida
y después mata. No pregunta.
Sólo continúa
dejando tras de sí censuras
imposibles de olvidar.