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'El murciélago alevoso', de Fray Diego González (1733-1794)

Título: El murciélago alevoso
Autor: Fray Diego González
Narrador: Francisco Fernández

 

 

El murciélago alevoso

 

Instaba Mirta bella
Cierta noche formando en su aposento,
Con gracioso talento,
Una tierna canción: y porque en ella
Satisfacer a Delio meditaba,
Que de su fe dudaba,
Con vehemente expresión le encarecía
El fuego que en su casto pecho ardía.

Y estando divertida,
Un murciélago fiero, ¡suerte insana!
Entró por la ventana.
Mirta dejó la pluma, sorprendida,
Temió, gimió, dio voces, vino gente;
Y al querer diligente
Ocultar la canción, los versos bellos
De borrones llenó por recogellos.

Y Delio, noticioso
Del caso que en su daño había pasado,
Justamente enojado
Con el fiero murciélago alevoso,
Que había la canción interrumpido
Y a su Mirta afligido,
En cólera y furor se consumía,
Y así a la ave funesta maldecía:

“¡Oh monstruo de ave y bruto,
Que cifras lo peor de bruto y ave,
Visión nocturna grave,
Nuevo horror de las sombras, nuevo luto,
De la luz enemigo declarado,
Nuncio desventurado
De la tiniebla y de la noche fría,
¿Qué tienes tú que hacer donde está el día?

“Tus obras y figura
Maldigan de común las otras aves,
Que cánticos suaves
Tributan cada día al alba pura;
porque mi ventura interrumpiste,
a su autor afligiste,
Todo el mal y desastre te suceda
Que a un murciélago vil suceder pueda.

“La lluvia repetida,
Que viene de lo alto arrebatada,
Tan sólo reservada
A las noches, se oponga a tu salida;
O el relámpago pronto, reluciente,
Te ciegue y amedrente;
O soplando del Norte recio el viento
No permita un mosquito a tu alimento;

“La dueña melindrosa,
Tras el tapiz do tienes tu manida,
Te juzgue, inadvertida,
Por telaraña sucia y asquerosa,
Y con la escoba al suelo te derribe;
Al ver que bulle y vive
Tan fiera y tan ridícula figura,
Suelte la escoba y huya con presura.

“Y luego sobrevenga
El juguetón gatillo bullicioso,
Y primero medroso
Al verte se retire y se contenga,
Y bufe y se espeluzne horrorizado,
Y alce el rabo esponjado,
Y el espinazo en arco suba al cielo,
Y con los pies apenas toque el suelo.

“Mas luego recobrado,
Y del primer horror convalecido,
El pecho al suelo unido,
Traiga el rabo del uno al otro lado.
Y cosido en la tierra, observe atento;
Y cada movimiento
Que en ti llegue a notar su perspicacia,
Le provoque al asalto y le dé audacia.

“En fin, sobre ti venga,
Te acometa y ultraje sin recelo,
Te arrastre por el suelo,
a costa de tu daño se entretenga;
por acaso las uñas afiladas
En tus alas clavadas,
Por echarte de sí con sobresalto,
Te arroje muchas veces a lo alto.

“Y acuda a tus chillidos
El muchacho, y convoque a sus iguales,
Que con los animales
Suelen ser comúnmente desabridos;
Que a todos nos dotó naturaleza
De entrañas de fiereza,
Hasta que ya la edad o la cultura
Nos dan humanidad y más cordura;

“Entre con algazara
La pueril tropa, al daño prevenida,
Y lazada oprimida
Te echen al cuello con fiereza rara;
Y al oírte chillar lancen el grito
Y te llamen ¡maldito!
Y creyéndote al fin del diablo imagen.
Te abominen, te escupan y te ultrajen.

“Luego por las telillas
De tus alas te claven al postigo,
Y se burlen contigo,
Y al hocico te apliquen candelillas,
Y se rían con duros corazones
De tus gestos y acciones,
Y a tus tristes querellas ponderadas
Correspondan con fiestas y carcajadas.

“Y todos bien armados
De piedras, de navajas, de aguijones,
De clavos, de punzones,
De palos por los cabos afilados
(De diversión y fiesta ya rendidos),
Te embistan atrevidos,
Y te quiten la vida con presteza,
Consumando en el modo su fiereza.

“Te puncen y te sajen,
Te tundan, te golpeen, te martillen,
Te piquen, te acribillen,
Te dividan, te corten y te rajen,
Te desmiembren, te partan, te degüellen,
Te hiendan, te desuellen,
Te estrujen, te aporreen, te magullen,
Te deshagan, confundan y aturrullen.

“Y las supersticiones
De las viejas, creyendo realidades,
Por ver curiosidades,
En tu sangre humedezcan algodones
Para encenderlos en la noche obscura,
Creyendo sin cordura
Que verán en el aire culebrinas
Y otras tristes visiones peregrinas.

“Muerto ya, te dispongan
El entierro, te lleven arrastrando,
Gori, gori, cantando,
Y en dos filas delante se compongan,
Y otros, fingiendo voces lastimeras,
Sigan de plañideras,
Y dirijan entierro tan gracioso
Al muladar más sucio y asqueroso.

“Y en aquella basura
Un hoyo hondo y capaz te faciliten,
Y en él te depositen.
Y allí te den debida sepultura;
Y para hacer eterna tu memoria,
Compendiada tu historia
Pongan en una losa duradera,
Cuya letra dirá de esta manera:

Epitafio
“Aquí yace el murciélago alevoso
Que al sol horrorizó y ahuyentó el día.
De pueril saña triunfo lastimoso,
Con cruel muerte pagó su alevosía.
No sigas, caminante, presuroso,
Hasta decir sobre esta losa fría:
Acontezca tal fin y tal estrella
A aquél que mal hiciere a Mirta bella.”

 

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