'Canción de la vida solitaria', de Fray Luis de León | Poema

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Título: Canción de la vida solitaria
Autor: Fray Luis de León
Narrador: Francisco Fernández

 

 

Canción de la vida solitaria

 

¡Qué descansada vida
la del que huye del mundanal ruïdo,
y sigue la escondida
senda, por donde han ido
los pocos sabios que en el mundo han sido;

Que no le enturbia el pecho
de los soberbios grandes el estado,
ni del dorado techo
se admira, fabricado
del sabio Moro, en jaspe sustentado!

No cura si la fama
canta con voz su nombre pregonera,
ni cura si encarama
la lengua lisonjera
lo que condena la verdad sincera.

¿Qué presta a mi contento
si soy del vano dedo señalado;
si, en busca deste viento,
ando desalentado
con ansias vivas, con mortal cuidado?

¡Oh monte, oh fuente, oh río,!
¡Oh secreto seguro, deleitoso!
Roto casi el navío,
a vuestro almo reposo
huyo de aqueste mar tempestuoso.

Un no rompido sueño,
un día puro, alegre, libre quiero;
no quiero ver el ceño
vanamente severo
de a quien la sangre ensalza o el dinero.

Despiértenme las aves
con su cantar sabroso no aprendido;
no los cuidados graves
de que es siempre seguido
el que al ajeno arbitrio está atenido.

Vivir quiero conmigo,
gozar quiero del bien que debo al cielo,
a solas, sin testigo,
libre de amor, de celo,
de odio, de esperanzas, de recelo.

Del monte en la ladera,
por mi mano plantado tengo un huerto,
que con la primavera
de bella flor cubierto
ya muestra en esperanza el fruto cierto.

Y como codiciosa
por ver y acrecentar su hermosura,
desde la cumbre airosa
una fontana pura
hasta llegar corriendo se apresura.

Y luego, sosegada,
el paso entre los árboles torciendo,
el suelo de pasada
de verdura vistiendo
y con diversas flores va esparciendo.

El aire del huerto orea
y ofrece mil olores al sentido;
los árboles menea
con un manso ruïdo
que del oro y del cetro pone olvido.

Téngase su tesoro
los que de un falso leño se confían;
no es mío ver el lloro
de los que desconfían
cuando el cierzo y el ábrego porfían.

La combatida antena
cruje, y en ciega noche el claro día
se torna, al cielo suena
confusa vocería,
y la mar enriquecen a porfía.

A mí una pobrecilla
mesa de amable paz bien abastada
me basta, y la vajilla,
de fino oro labrada
sea de quien la mar no teme airada.

Y mientras miserable-
mente se están los otros abrazando
con sed insacïable
del peligroso mando,
tendido yo a la sombra esté cantando.

A la sombra tendido,
de hiedra y lauro eterno coronado,
puesto el atento oído
al son dulce, acordado,
del plectro sabiamente meneado.

 

  • Canción de la vida solitaria

    ¡Qué descansada vida
    la del que huye del mundanal ruïdo,
    y sigue la escondida
    senda, por donde han ido
    los pocos sabios que en el mundo han sido;
    Que no le enturbia el pecho
    de los soberbios grandes el estado,
    ni del dorado techo
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    Anónimo

    Niños soldados, mozos capitanes...

    Anónimo

    Niños soldados, mozos capitanes,
    sargentos que en su vida han visto guerra,
    generales en cosas de la tierra,
    almirantes con damas muy galantes.
    Alféreces de bravos ademanes,
    nueva milicia que la antigua encierra,
    hablar extraño, parecer que a tierra,
    turcos rapados, crespos alemanes.
    ...

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    Lope de Vega

    A la noche

    Lope de Vega

    Noche fabricadora de embelecos,
    loca, imaginativa, quimerista,
    que muestras al que en ti su bien conquista,
    los montes llanos y los mares secos;
    habitadora de celebros huecos,
    mecánica, filósofa, alquimista,
    encubridora vil, lince sin vista,
    espantadiza de tus mismos ecos;
    ...

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    Gutierre de Cetina

    Horas alegres que pasáis volando...

    Gutierre de Cetina

    Horas alegres que pasáis volando
    porque a vueltas del bien mayor mal sienta;
    sabrosa noche que en tan dulce afrenta
    el triste despedir me vas mostrando;
    importuno reloj, que apresurando
    tu curso, mi dolor me representa;
    estrellas con quien nunca tuve cuenta,
    que mi partida vais acelerando;
    ...

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    Francisco de Figueroa

    Maldito seas, Amor, perpetuamente...

    Francisco de Figueroa

    Maldito seas, Amor, perpetuamente:
    tu nombre, tu saeta, venda y fuego:
    tu nombre, que con tal desasosiego
    me fuerza a andar perdido entre la gente;
    tu flecha, que me hizo así obediente
    de aquella falsa, de quien ya reniego;
    tu venda, con que me hiciste ciego
    y así juzgué por ángel la serpiente;
    ...