Me tienes en tus manos, de Jaime Sabines | Poema

    Poema en español
    Me tienes en tus manos

    Me tienes en tus manos 
    y me lees lo mismo que un libro. 
    Sabes lo que yo ignoro 
    y me dices las cosas que no me digo. 
    Me aprendo en ti más que en mi mismo. 
    Eres como un milagro de todas horas, 
    como un dolor sin sitio. 
    Si no fueras mujer fueras mi amigo. 
    A veces quiero hablarte de mujeres 
    que a un lado tuyo persigo. 
    Eres como el perdón 
    y yo soy como tu hijo. 
    ¿Qué buenos ojos tienes cuando estás conmigo? 
    ¡Qué distante te haces y qué ausente 
    cuando a la soledad te sacrifico! 
    Dulce como tu nombre, como un higo, 
    me esperas en tu amor hasta que arribo. 
    Tú eres como mi casa, 
    eres como mi muerte, amor mío.

    • Después de todo -pero después de todo- 
      sólo se trata de acostarnos juntos, 
      se trata de la carne, 
      de los cuerpos desnudos, 
      lámpara de la muerte en el mundo. 

      Gloria degollada, sobreviviente 
      del tiempo sordomudo 
      mezquina paga de los que mueren juntos. 

    • Sólo en sueños, 
      sólo en el otro mundo del sueño te consigo, 
      a ciertas horas, cuando cierro puertas 
      detrás de mí. 
      ¡Con qué desprecio he visto a los que sueñan, 
      y ahora estoy preso en su sortilegio, 
      atrapado en su red! 

    • No es nada de tu cuerpo 
      ni tu piel, ni tus ojos, ni tu vientre, 
      ni ese lugar secreto que los dos conocemos, 
      fosa de nuestra muerte, final de nuestro entierro. 
      No es tu boca -tu boca 
      que es igual que tu sexo-, 
      ni la reunión exacta de tus pechos, 

    • Pasa el lunes y pasa el martes 
      y pasa el miércoles y el jueves y el viernes 
      y el sábado y el domingo, 
      y otra vez el lunes y el martes 
      y la gotera de los días sobre la cama donde se quiere 
      dormir, 
      la estúpida gota del tiempo cayendo sobre el corazón 

    • Mansamente, insoportablemente, me dueles. 
      Toma mi cabeza. Córtame el cuello. 
      Nada queda de mí después de este amor. 

      Entre los escombros de mi alma, búscame, 
      escúchame. 
      En algún sitio, mi voz sobreviviente, llama, 
      pide tu asombro, tu iluminado silencio. 

    • Un ropero, un espejo, una silla, 
      ninguna estrella, mi cuarto, una ventana, 
      la noche como siempre, y yo sin hambre, 
      con un chicle y un sueño, una esperanza. 
      Hay muchos hombres fuera, en todas partes, 
      y más allá la niebla, la mañana. 

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