'Alicia en el País de las Maravillas', de Lewis Carroll

Título: Alicia en el País de las Maravillas
Autor: Lewis Carroll
Narrador: Francisco Fernández

 

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PREFACIO

En el dorado anochecer
bogamos lentamente;
los brazos siéntense
ceder al remo débilmente.
¡Qué dichoso desfallecer
las manos sin oriente!
 
Y qué implacable triple voz
suena en el dulce olvido
pidiendo extrañas invenciones
de quieto y lírico sentido.
¿cómo callar indiferente
sintiendo su latido?

Dice apremiante la primera
voz que comience el cuento;
la segunda no nos reclama
lógica de argumento;
y nos acucia la tercera
con anheloso acento.

¡Oh, qué silencio más profundo
se impone a todo ruido!

Es la Tierra un maravilloso
país desconocido,
lleno de seres que convierten
en real lo fingido.

Cuando la fuente imaginaria
se agota en la inventiva
y a los cristales del ensueño
la luz se les esquiva:
¡Siga el cuento -claman los seres-
 que tanto nos cautiva!
 
Así el país maravilloso
sobre el yunque del yo,
episodio tras episodio,
su leyenda forjó,
y al ocaso, un mundo de amigos
el alma nos pobló.

Recibe, Alicia, este pueril
libro con mano tierna
y ponlo allí donde la infancia
salva la vida interna,
como el ferviente peregrino
guarda una flor eterna.

 

Autor/es
  • Antoine de Saint-Exupéry

    Pido perdón a los niños por haber dedicado este libro a una persona mayor. Tengo una seria excusa: esta persona mayor es el mejor amigo que tengo en el mundo. Tengo otra excusa: esta persona mayor es capaz de entenderlo todo, hasta los libros para niños.


  • Anónimo

    Yo por bien tengo que cosas tan señaladas, y por ventura nunca oídas ni vistas, vengan a noticia de muchos y no se entierren en la sepultura del olvido, pues podría ser que alguno que las lea halle algo que le agrade, y a los que no ahondaren tanto los deleite.


  • Lewis Carroll

    En el dorado anochecer
    bogamos lentamente;
    los brazos siéntense
    ceder al remo débilmente.
    ¡Qué dichoso desfallecer
    las manos sin oriente!


  • Don Juan Manuel

    En el nombre de Dios: amén. Entre las muchas cosas extrañas y maravillosas que hizo Dios Nuestro Señor, hay una que llama más la atención, como lo es el hecho de que, existiendo tantas personas en el mundo, ninguna sea idéntica a otra en los rasgos de la cara, a pesar de que todos tengamos en ella los mismos elementos.