Sé buena, de Manuel Machado | Poema

    Poema en español
    Sé buena

       I 


    Sé buena. Es el secreto. Llora, o ríe de veras 
    Que se asome a tus ojos y a tus labios de grana. 
    la ternura de tu corazón, sin las hueras 
    flores de trapo de la retórica vana, 
    ¡Oh la sabiduría en amor! ¡Si tú vieras!... 
    Es tan corta..., que linda con la tortura insana 
    de una pasión conceptuosa y sus maneras.... 
    Sé buena. Es el secreto. Sé mi amante y mi hermana. . 
    Con tus ojos azules y tu pelo de oro,. 
    sé consecuente. El Ars Amandi da al olvido. 
    Quema tu alma en el ara del amor soberano. 
    No pretendas vencer. Ríndete. Y que el tesoro 
    de tu hermosura sea dulcemente ofrecido, 
    como al sediento un sorbo de agua pura en la mano. 



       II 


    Y en una dulce convalecencia, una mañana. 
    limpia y azul como tus ojos, una. 
    de esas mañanas de cristal y grana. 
    que aun dejan ver el pulido semblante de la luna... . 
    pasearemos la gloria -dulce paz sin victoria-. 
    de nuestro amor tranquilo, bajo del claro cielo... 
    Y dirá el agua pura nuestra sencilla historia. . 
    Y nuestras sombras débiles, juntas llevará el suelo. . 
    El campo verde joven, bañado por la brisa, . 
    movido como por una alocada risa. 
    feliz, recorreremos. Y tú conmigo, sola, 
    en el paisaje inmenso, en el aire fragante, 
    divinamente mudo, me tenderás, amante, 
    tus rojos labios como una roja amapola.

    • Largas tardes campestres; 
      alamedas rosadas; 
      aire delgado que el aroma apenas 
      sostiene de la acacia; 
      huerto, pinar... Llanuras de oro viejo, 
      azul de la montaña... 
      Esquilas del arambre 
      y balido, sin fin, de la majada, 
      en el silencio claro... 

    • A Rubén Darío 
       
      La hora cárdena... La tarde 
      los velos se va quitando... 
      El velo de oro..., el de plata. 
      La hora cárdena... 
      «Aún es temprano». 

      «Nada veo sino el polvo 
      del camino...» 
      «Aún es temprano». 

    • El médico me manda no escribir más. Renuncio, 
      pues, a ser un Verlaine, un Musset, un D’ Annunzio 
      —¡no que no!—, por la paz de un reposo perfecto, 
      contento de haber sido el vate predilecto 
      de algunas damas y de no pocos galanes, 

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