Un zumbido de moscas anestesia la aldea. El sol unta con fósforo el frente de las casas, y en el cauce reseco de las calles que sueñan deambula un blanco espectro vestido de caballo.
Penden de los balcones racimos de glicinas que agravan el aliento sepulcral de los patios al insinuar la duda de que acaso estén muertos los hombres y los niños que duermen en el suelo.
La bondad soñolienta que trasudan las cosas se expresa en las pupilas de un burro que trabaja y en las ubres de madre de las cabras que pasan
con un son de cencerros que, al diluirse en la tarde, no se sabe si aún suena o ya es sólo un recuerdo... ¡Es tan real el paisaje que parece fingido!
Este clima de asfixia que impregna los pulmones de una anhelante angustia de pez recién pescado. Este hedor adhesivo y errabundo, que intoxica la vida y nos hunde en viscosas pesadillas de lodo. Este miasma corrupto, que insufla en nuestros poros
Lo palpable lo mórbido el conco fondo ardido los tanturbios las tensas sondas hondas los reflujos las ondas de la carne y sus pistilos núbiles contráctiles y sus anexos nidos los languiformes férvidos subsobornos innúmeros del tacto su mosto azul desnudo