Bajamos por Jesús del Valle. Un tío nos pide un cigarro. 'No fumamos, socio'. Seguimos caminando. Charlando. Etcétera.
De pronto, nos interrumpe un insistente: 'Chst, chst, chst'. Procede de ese grupo a la derecha. Hay un coche parado en medio de la calle, con puertas abiertas. Y, al otro lado, un mindundi con camisa de cuadros me mira fijamente. Hace un sutil gesto, con su mano y su nariz. No sé si me vacila o me ofrece coca. Rodeándolo hay siete babuinos y un grupito de fulanas. Esbozo mi mejor sonrisa. Giro la cabeza e intento seguir conversando. Pero he perdido el hilo.
Un poco más allá, dos nacionales le dan el alto a un vehículo. El conductor baja de un salto y sale corriendo. Lo alcanzan junto a un paso de cebra. Y le dan bien de hostias.
Me quedo frito sobre la colcha. Noche tras noche. Un calcetín cuelga del pie. El otro está en el suelo. La babilla empapa, paulatinamente, la almohada. El flexo sigue encendido. Mi madre suele decir que el día menos pensado saldré ardiendo.
Los restos del desayuno acampan sobre el mantel. Ella ha tenido un apretón. Escucho cómo canta una de esas estúpidas canciones de la radio. Su voz ondea desde el cuarto de baño. Y tiene una voz preciosa. Yo juego al Angry Birds con su teléfono.