Desnudo y empalmado. En la apacible noche veraniega. Mantengo el equilibrio sobre la baranda. Me sujeto al toldo con brazos tensos.
Impulso el fluido filtrado, inocuo y salado, maloliente y cálido, hacia arriba. En un ángulo de 45º por lo menos. Primero, ENERGíA. Potencia suficiente como para empapar las nubes. La meada se curva más allá. Al cabo, pierde fuerza y altura. Se desfragmenta, se descompone. El aire la bate como un tenedor.
Algunas gotas emigran. El resto cae al unísono, vertiginosamente, varios pisos. Se cuela por las grietas del pavimento. Arrastra piedrecitas, pelusa, porquería. Fluye calle abajo.
Me pregunto dónde desembocará. Me pregunto dónde desembocaré.
Me quedo frito sobre la colcha. Noche tras noche. Un calcetín cuelga del pie. El otro está en el suelo. La babilla empapa, paulatinamente, la almohada. El flexo sigue encendido. Mi madre suele decir que el día menos pensado saldré ardiendo.
Los restos del desayuno acampan sobre el mantel. Ella ha tenido un apretón. Escucho cómo canta una de esas estúpidas canciones de la radio. Su voz ondea desde el cuarto de baño. Y tiene una voz preciosa. Yo juego al Angry Birds con su teléfono.