Desnudo y empalmado. En la apacible noche veraniega. Mantengo el equilibrio sobre la baranda. Me sujeto al toldo con brazos tensos.
Impulso el fluido filtrado, inocuo y salado, maloliente y cálido, hacia arriba. En un ángulo de 45º por lo menos. Primero, ENERGíA. Potencia suficiente como para empapar las nubes. La meada se curva más allá. Al cabo, pierde fuerza y altura. Se desfragmenta, se descompone. El aire la bate como un tenedor.
Algunas gotas emigran. El resto cae al unísono, vertiginosamente, varios pisos. Se cuela por las grietas del pavimento. Arrastra piedrecitas, pelusa, porquería. Fluye calle abajo.
Me pregunto dónde desembocará. Me pregunto dónde desembocaré.
Me quedo frito sobre la colcha. Noche tras noche. Un calcetín cuelga del pie. El otro está en el suelo. La babilla empapa, paulatinamente, la almohada. El flexo sigue encendido. Mi madre suele decir que el día menos pensado saldré ardiendo.
Los cabrones avariciosos del pueblo han talado todos los chopos de la ribera. Ahora, el río fluye calvo a su paso por el municipio. Entre los lugareños se comenta que los mandatarios se han embolsado 100.000 euros con la acción.
Vuelvo a casa en Metro. Junto a mí, viaja una pareja de jovenzuelos. Ella no para de rajar. Él le besuquea la cara, cada poco tiempo. (Chuic chuic chuic), babosos y chascosos.