Te dicen que abras un blog. Que pienses en el lector medio. Que te asocies con una editorial online. Que compres el servicio de maquetación y de diseño de cubierta. Que spamees a tus contactos del Facebook. Que se lo cuentes al vecino. Que mandes reseñas a los periódicos locales. Que te creas mejor de lo que eres. Etcétera.
Cuando lo único cierto es que la promoción resulta fundamental. Que si no te conocen, no existes. Que la gente quiere literatura masticada. Que escribes como el culo. Que sólo piensas en la fama. Que cualquiera puede publicarse un libro (¡esta es la prueba!). Que la única escritura decente es la que brota como pus. Y que, probablemente, te falta voluntad para averiguar de qué narices estoy hablando.
Me quedo frito sobre la colcha. Noche tras noche. Un calcetín cuelga del pie. El otro está en el suelo. La babilla empapa, paulatinamente, la almohada. El flexo sigue encendido. Mi madre suele decir que el día menos pensado saldré ardiendo.
Los cabrones avariciosos del pueblo han talado todos los chopos de la ribera. Ahora, el río fluye calvo a su paso por el municipio. Entre los lugareños se comenta que los mandatarios se han embolsado 100.000 euros con la acción.