La chusta humea a pocos metros, junto a la mierda fresca de un perro-patada. A. debe de estar al caer. Nos recogerá en un C4 rojo con corazones pintados en los empañados cristales. Ya habrá dejado a su satisfecha novia en casa. (Más me vale).
Pienso. Pienso. Pienso en asirme con más fuerza.
Actúo. Actúo. Actúo, pero mis brazos no encuentran apoyo.
JP. continúa sincerándose. En Springfield, las botas están a buen precio. No sé si tengo ganas de potar o de morir. Quizá vomite mi muerte y la inmortalidad me envuelva como un edredón-útero. Como unas sábanas empapadas en líquido amniótico con sabor a bilis.
De momento, me limito a lanzar señales de auxilio. A ver si mi colega capta el S.O.S. De conocer el sistema, parpadearía en Morse.
Me quedo frito sobre la colcha. Noche tras noche. Un calcetín cuelga del pie. El otro está en el suelo. La babilla empapa, paulatinamente, la almohada. El flexo sigue encendido. Mi madre suele decir que el día menos pensado saldré ardiendo.
Los cabrones avariciosos del pueblo han talado todos los chopos de la ribera. Ahora, el río fluye calvo a su paso por el municipio. Entre los lugareños se comenta que los mandatarios se han embolsado 100.000 euros con la acción.