Si los académicos no aprecian mi prosa es por culpa de una ex novia que se quedó embarazada y nunca me confesó quién era el padre. Aunque, antes de largarse, me hizo una advertencia. “Eres un muerto de hambre y, en el caso de que el hijo fuera tuyo (cosa que dudo, PICHAFLOJA), no tendrías ni una mierda para pasarme por el mantenimiento de la criatura. Pero si un día, por alguna extraña razón, esa bazofia que escribes entre litro y siesta te hace conocido y pone dinero en tu cartera, volveré con la prueba de ADN para quedármelo todo”. Ahora ya sabéis por qué soy un escritor mediocre. Le pongo muchísimo empeño.
Me quedo frito sobre la colcha. Noche tras noche. Un calcetín cuelga del pie. El otro está en el suelo. La babilla empapa, paulatinamente, la almohada. El flexo sigue encendido. Mi madre suele decir que el día menos pensado saldré ardiendo.
Estoy tumbado en el sofá. Ella, sentada en su sillón. Nuestras manos, enlazadas. Y en la tele, María Teresa Campos, Ana Obregón, y todo el equipo. Ella recuerda sus tiempos de novia. Me pregunta por la mía. Sonrío, y le acaricio los nudillos.
El dolor de tripa. Las mismas trabas a la hora de narrar. Todo le suena pretencioso, envasado, artificial. Debe recuperar la furia de días pasados. Entonces, las historias brotaban como pus. Removían mentalidades. Eso es lo que trata de hacer.