Mi vaso de tubo mantiene el equilibrio sobre el curvado expendedor de papel higiénico. La rodaja de limón flota impávida entre cubos de hielo en descomposición. Meo con las manos en los bolsillos y la espalda contra la puerta del retrete. Milagrosamente estoy acertando. Toda clase de inmundicias se apelotonan bajo mis pies. Se me cierran los ojos. Mantengo el equilibrio. Alguien ha anudado un condón naranja en el tirador de la cisterna. Buen método para ahorrar agua.
* * *
Me reúno con Jota frente a los espejos. Ese tío de la piel grisácea, los ojos brillantes y los labios rojos no puedo ser yo. Me empapo la cara y salgo del baño. Voy a buscarme en este tugurio plagado de imbéciles. A ver si me encuentro.
Me quedo frito sobre la colcha. Noche tras noche. Un calcetín cuelga del pie. El otro está en el suelo. La babilla empapa, paulatinamente, la almohada. El flexo sigue encendido. Mi madre suele decir que el día menos pensado saldré ardiendo.
Los restos del desayuno acampan sobre el mantel. Ella ha tenido un apretón. Escucho cómo canta una de esas estúpidas canciones de la radio. Su voz ondea desde el cuarto de baño. Y tiene una voz preciosa. Yo juego al Angry Birds con su teléfono.