La estrella, de Andrés Sánchez Robayna | Poema

    Poema en español
    La estrella

    Non dormía e cuydava
    Pedr'Eanes Solaz 

     
    Cruzó, fugaz, la estrella, y en la hierba 
    dejó un rastro de luz. La casa blanca 
    en medio de la noche supo sólo 
    el latido, el fulgor entre los árboles. 

    Tú dormías. La grava silenciosa 
    se llenaba de noche, la bebía 
    en las negras aristas, en sus poros 
    de oscuridad de piedra absorta, amada. 

    Grava fulmínea, ahora en silencio yerto 
    junto a la casa a oscuras. Los aleros 
    daban sombra de luna, fría, fresca 
    sombra en las losas grises que miraba 

    desde el salón al mar, que se extendía 
    como otra losa gris, iluminada. 
    Salí a esa sombra, hasta las jardineras 
    tocadas por el soplo de la noche, 

    el aliento invisible, aire desnudo 
    de sí, de mí, sobre el geranio a punto 
    de arder. -No vi el geranio en llamas 
    fijo en la oscuridad, vi la inminencia 

    de una cerrada combustión, la acacia 
    y su ceniza más allá del tiempo, 
    el ramaje y el cuerpo, tu sonrisa 
    entre la luz de enero y el reposo 

    del mar abajo, también él desnudo. 
    La luna sobre el muro blanco teje 
    sombras de ramas, y el helecho umbrío 
    se ofrece grácil, habla con la sombra. 

    Fui por la hierba hasta las agitadas 
    acacias, hasta el muro, y una calma 
    llenaba el aire aun en la agitación 
    y en la inquietud de los ramajes, clara 

    calma en la hierba, y contra el muro puse 
    la mano en su quietud. Tocaba el mundo. 
    Tocaba un orden, una calma, el aire 
    entre el mar y la acacia, y recordaba 

    tal vez la luz y su destino oscuro. 
    Entré. Volví a mirar la hierba, el cielo, 
    la casa silenciosa. Allí tu cuerpo 
    brilló en la oscuridad. y vi la estrella.