Parábolas, de Antonio Machado | Poema

    Poema en español
    Parábolas

       I 


    Era un niño que soñaba 
    un caballo de cartón. 
    Abrió los ojos el niño 
    y el caballito no vio. 
    Con un caballito blanco 
    el niño volvió a soñar; 
    y por la crin lo cogía... 
    ¡Ahora no te escaparás! 
    Apenas lo hubo cogido, 
    el niño se despertó. 
    Tenía el puño cerrado. 
    ¡El caballito voló! 
    Quedóse el niño muy serio 
    pensando que no es verdad 
    un caballito soñado. 
    Y ya no volvió a soñar. 
    Pero el niño se hizo mozo 
    y el mozo tuvo un amor, 
    y a su amada le decía: 
    ¿Tú eres de verdad o no? 
    Cuando el mozo se hizo viejo 
    pensaba: Todo es soñar, 
    el caballito soñado 
    y el caballo de verdad. 
    Y cuando vino la muerte, 
    el viejo a su corazón 
    preguntaba: ¿Tú eres sueño? 
    ¡Quién sabe si despertó! 



       II 


    'A D. Vicente Ciurana' 

    Sobre la limpia arena, en el tartesio llano 
    por donde acaba España y sigue el mar, 
    hay dos hombres que apoyan la cabeza en la mano: 
    uno duerme, y el otro parece meditar. 
    El uno, en la mañana de tibia primavera, 
    junto a la mar tranquila, 
    ha puesto entre sus ojos y el mar que reverbera, 
    los párpados, que borran el mar en la pupila. 
    Y se ha dormido, y sueña con el pastor Proteo, 
    que sabe los rebaños del marino guardar 
    y sueña que le llaman las hijas de Nereo, 
    y ha oído a los caballos de Poseidòn hablar. 
    El otro mira al agua. Su pensamiento flota; 
    hijo del mar, navega-o se pone a volar—. 
    Su pensamiento tiene un vuelo de gaviota, 
    que ha visto un pez de plata en el agua saltar. 
    Y piensa: «Es esta vida una ilusión marina 
    de un pescador que un día ya no puede pescar.» 
    El soñador ha visto que el mar se le ilumina, 
    y sueña que es la muerte una ilusión del mar. 



       III 


    Érase de un marinero 
    que hizo un jardín junto al mar, 
    y se metió a jardinero. 
    Estaba el jardín en flor, 
    y el jardinero se fue 
    por esos mares de Dios. 



       IV 


    Consejos 

    Sabe esperar, aguarda que la marea fluya 
    —así en la costa un barco-, sin que el partir te inquiete. 
    Todo el que aguarda sabe que la victoria es suya; 
    porque la vida es larga y el arte es un juguete. 
    Y si la vida es corta 
    y no llega la mar a tu galera, 
    aguarda sin partir y siempre espera, 
    que el arte es largo y, además, no importa. 



       V 


    Profesión de fe 

    Dios no es el mar, está en el mar; riela 
    como luna en el agua, o aparece 
    como una blanca vela; 
    en el mar se despierta o se adormece. 
    Creó la mar, y nace 
    de la mar cual la nube y la tormenta; 
    es el Creador y la criatura lo hace; 
    su aliento es alma, y por el alma alienta. 
    Yo he de hacerte, mi Dios, cual Tú me hiciste, 
    y para darte el alma que me diste 
    en mí te he de crear. Que el puro río 
    de caridad que fluye eternamente, 
    fluya en mi corazón. ¡Seca, Dios mío, 
    de una fe sin amor la turbia fuente! 



       VI 


    El Dios que todos llevamos, 
    el Dios que todos hacemos, 
    el Dios que todos buscamos 
    y que nunca encontraremos. 
    Tres dioses o tres personas 
    del solo Dios verdadero. 



       VII 


    Dice la razón: Busquemos la verdad. 
    Y el corazón: Vanidad. 
    La verdad ya la tenemos. 
    La razón: ¡Ay, quién alcanza 
    la verdad! 
    El corazón: Vanidad. 
    La verdad es la esperanza. 
    Dice la razón: Tú mientes. 
    Y contesta el corazón: 
    Quien miente eres tú, razón, 
    que dices lo que no sientes. 
    La razón: Jamás podremos 
    entendernos, corazón. 
    El corazón: Lo veremos. 



       VIII 


    Cabeza meditadora, 
    ¡qué lejos se oye el zumbido 
    de la abeja libadora! 
    Echaste un velo de sombra sobre 
    el bello mundo, y vas 
    creyendo ver porque mides 
    la sombra con un compás. 
    Mientras la abeja fabrica, 
    melifica, 
    con jugo de campo y sol, 
    yo voy echando verdades 
    que nada son, vanidades 
    al fondo de mi crisol. 
    De la mar al precepto, 
    del precepto al concepto, 
    del concepto a la idea 
    —¡oh la linda tarea!—, 
    de la idea a la mar. 
    ¡Y otra vez a empezar!

    Antonio Machado (Sevilla, 1875 - Colliure, 1939) fue el más joven poeta de la generación del 98. Su vida en Madrid y París le llevó a formar parte del círculo de destacados literatos como Rubén Darío, Miguel de Unamuno, Ramón María del Valle-Inclán o Juan Ramón Jiménez. Autor prolífico, se dio a conocer con el poemario Soledades, de marcado carácter modernista, en 1903. Unos años más tarde, en 2912, publicó uno de sus libros más populares, Campos de Castilla. Destacan también, entre otras obras, Nuevas canciones (1914) y Páginas escogidas (1917). Miembro de la Real Academia Española, se exilió al pueblo francés de Colliure tras estallar la guerra civil española. Allí murió y allí descansa su tumba, símbolo del exilio republicano.

    • Es una tarde mustia y desabrida 
      de un otoño sin frutos, en la tierra 
      estéril y raída 
      donde la sombra de un centauro yerra. 
      Por un camino en la árida llanura, 
      entre álamos marchitos, 
      a solas con su sombra y su locura, 
      va el loco hablando a gritos. 

    • Se ha asomado una cigüeña a lo alto del campanario. 
      Girando en torno a la torre y al caserón solitario, 
      ya las golondrinas chillan. Pasaron del blanco invierno, 
      de nevascas y ventiscas los crudos soplos de infierno. 
      Es una tibia mañana. 

    • Vino, sentimiento, guitarra y poesía 
      hacen los cantares de la patria mía. 
      Cantares... 
      Quien dice cantares dice Andalucía. 

      A la sombra fresca de la vieja parra, 
      un mozo moreno rasguea la guitarra... 
      Cantares... 
      Algo que acaricia y algo que desgarra. 

    • Poeta ayer, hoy triste y pobre 
      filósofo trasnochado, 
      tengo en monedas de cobre 
      el oro de ayer cambiado. 

      Sin placer y sin fortuna, 
      pasó como una quimera 
      mi juventud, la primera... 
      la sola, no hay más que una: 
      la de dentro es la de fuera. 

    • Es el hospicio, el viejo hospicio provinciano, 
      el caserón ruinoso de ennegrecidas tejas 
      en donde los vencejos anidan en verano 
      y graznan en las noches de invierno las cornejas. 
      Con su frontón al Norte, entre los dos torreones 

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