Traspié entre dos estrellas, de César Vallejo | Poema

    Poema en español
    Traspié entre dos estrellas


    Traspié entre dos estrellas 
    ¡Hay gentes tan desgraciadas, que ni siquiera 
    tienen cuerpo; cuantitativo el pelo, 
    baja, en pulgadas, la genial pesadumbre; 
    el modo, arriba; 
    no me busques, la muela del olvido, 
    parecen salir del aire, sumar suspiros mentalmente, oír 
    claros azotes en sus paladares! 

    Vanse de su piel, rascándose el sarcófago en que nacen 
    y suben por su muerte de hora en hora 
    y caen, a lo largo de su alfabeto gélido, hasta el suelo. 

    ¡Ay de tánto! ¡ay de tan poco! ¡ay de ellas! 
    ¡Ay en mi cuarto, oyéndolas con lentes! 
    ¡Ay en mi tórax, cuando compran trajes! 
    ¡Ay de mi mugre blanca, en su hez mancomunada! 

    ¡Amadas sean las orejas sánchez, 
    amadas las personas que se sientan, 
    amado el desconocido y su señora, 
    el prójimo con mangas, cuello y ojos! 

    ¡Amado sea aquel que tiene chinches, 
    el que lleva zapato roto bajo la lluvia, 
    el que vela el cadáver de un pan con dos cerillas, 
    el que se coge un dedo en una puerta, 
    el que no tiene cumpleaños, 
    el que perdió su sombra en un incendio, 
    el animal, el que parece un loro, 
    el que parece un hombre, el pobre rico, 
    el puro miserable, el pobre pobre! 

    ¡Amado sea 
    el que tiene hambre o sed, pero no tiene 
    hambre con qué saciar toda su sed, 
    ni sed con qué saciar todas sus hambres! 

    ¡Amado sea el que trabaja al día, al mes, a la hora, 
    el que suda de pena o de vergüenza, 
    aquel que va, ñpor orden de sus manos, al cinema, 
    el que paga con lo que le falta, 
    el que duerme de espaldas, 
    el que ya no recuerda su niñez; amado sea 
    el calvo sin sombrero, 
    el justo sin espinas, 
    el ladrón sin rosas, 
    el que lleva reloj y ha visto a Dios, 
    el que tiene un honor y no fallece! 

    ¡Amado sea el niño, que cae y aún llora 
    y el hombre que ha caído y ya no llora! 

    ¡Ay de tánto! ¡Ay de tan poco! ¡Ay de ellos! 

    César Vallejo, uno de los poetas hispanoamericanos más destacables del siglo XX, nació en Santiago de Chuco, Perú, en 1892. Estudió medicina, filosofía, derecho y ejerció el magisterio. Constantes en la obra de Vallejo son la solidaridad con el sufrimiento humano, su rebeldía contra la sociedad, la fe en la utopía revolucionaria y la muerte. En 1918 publicó Los heraldos negros, su primer libro de poemas, de influencia modernista. Fue encarcelado en 1920 al ser acusado injustamente de robo e incendio durante una revuelta. En ese tiempo escribió algunos de los poemas que formarían su segundo libro, Trilce. En 1923 se trasladó a Europa. Estuvo en París, en donde conoció a Gris, a Huidobro, fundó la revista Favorables París Poema y terminaría siendo expulsado por razones políticas. En Moscú conoció a Maiakovski. En 1931 se trasladó a España, se afilió al Partido Comunista y publicó Rusia en 1931. Reflexiones al pie del Kremlin y su novela social Tungsteno. Al año siguiente regresó a París, en donde vivió de forma clandestina. Cuando estalló la Guerra Civil española, recogió fondos para la causa republicana y viajó a Madrid y Barcelona para participar en distintos congresos de escritores. Murió en París en 1938. Un año después se publicó su poema más político, España, aparta de mí este cáliz, y una recopilación de su obra poética con el título de Poemas humanos.