Un gallo muy maduro, de edad provecta, duros espolones, pacífico y seguro, sobre un árbol oía las razones de un zorro muy cortés y muy atento, más elocuente cuanto más hambriento.
«Hermano», le decía, «ya cesó entre nosotros una guerra que cruel repartía sangre y plumas al viento y a la tierra. Baja; daré, para perpetuo sello, mis amorosos brazos a tu cuello».
«Amigo de mi alma», responde el gallo, «¡qué placer inmenso en deliciosa calma deja esta vez mi espíritu suspenso! Allá bajo, allá voy tierno y ansioso a gozar en tu seno mi reposo.
»Pero aguarda un instante, porque vienen, ligeros como el viento, y ya están adelante, dos correos que llegan al momento, de esta noticia portadores fieles, y son, según la traza, dos lebreles».
«Adiós, adiós, amigo», dijo el zorro, «que estoy muy ocupado; luego hablaré contigo para finalizar este tratado». El gallo se quedó lleno de gloria, cantando en esta letra su victoria:
Siempre trabaja en su daño el astuto engañador; a un engaño hay otro engaño, a un pícaro otro mayor.
Con varios ademanes horrorosos Los montes de parir dieron señales: Consintieron los hombres temerosos Ver nacer los abortos más fatales. Después que con bramidos espantosos Infundieron pavor a los mortales, Estos montes, que al mundo estremecieron,
Cierta viuda, joven y devota, cuyo nombre se sabe y no se anota, padecía de escrúpulos, de suerte que a veces la ponían a la muerte. Un día que se hallaba acometida de este mal que acababa con su vida, confesarse dispuso,
Érase una gallina que ponía un huevo de oro al dueño cada día. Aun con tanta ganancia mal contento, quiso el rico avariento descubrir de una vez la mina de oro, y hallar en menos tiempo más tesoro. Matóla, abrióla el vientre de contado;
Una noche ardorosa, después de haber cenado alguna cosa, la joven Isabela en su lecho acostada del todo despojada trataba de entregarse al dulce sueño. Mas una infame pulga la desvela picando con empeño ya el reducido pie, ya la rodilla,
A cierta moza un húsar, y no es cuento, porque le socorriera en sus apuros del carnal movimiento, le prometió ocho duros y después sólo cuatro la dio en paga. La moza, descontenta con esta trabacuenta, para que por justicia se le haga