Del resplandor de rosas ruborosas de convexos contornos carmesíes, de perfiles enhiestos en rubíes y de lentas magnolias temblorosas, de voltaicas vidrieras acuosas, de topacios en jades genolíes, de zafiros incisos sobre síes, y de fúrgidas ráfagas furiosas es el color que incendia la belleza. Una columna surge que atraviesa y en los ejes del aire se aventura. No accidente, no azar, sino certeza, piedra que se levanta en lo que dura la sola imagen de su luz ilesa.