Hoy todas las palabras me vinieron a ver. Iban todas vestidas y yo las desnudé. Tenían agua dentro y yo se la quité. Bebí toda su agua y me quedó su sed. No me quedó su habla: me quedó su mudez.
Hoy todas las palabras me vinieron a ver. Todas iban vestidas y yo las desnudé. Ni debajo ni dentro había ningún ser sino un lento perfume de luz sobre su piel: un líquido contacto de tinta y de papel.
Nada más. Eso es todo lo que recuerdo ver. Recuerdo las palabras: eran una mujer, una luz, un perfume, una tinta, una piel. Oigo pasos que vuelven y vuelven a volver. No existen: vuelven sólo e insisten otra vez.
Las palabras son pasos dados sobre el papel hacia nosotros mismos pero con otra piel. Ellas y nosotros formamos un vaivén en el tiempo que dura nuestro yo en otro quien.
En las palabras vive lo que vivió una vez aunque nunca lo mismo tenga segunda vez.
Del resplandor de rosas ruborosas de convexos contornos carmesíes, de perfiles enhiestos en rubíes y de lentas magnolias temblorosas, de voltaicas vidrieras acuosas, de topacios en jades genolíes, de zafiros incisos sobre síes,