Amante de gacela, de José Lupiáñez | Poema

    Poema en español
    Amante de gacela


    He mirado tu desnudo flotar 
    en las tranquilas aguas de mi estanque... 
    Corres hacia la flor, hacia la nube 
    de un paraíso y brilla tu desnudo, la antorcha 
    que ha dorado en la sien el humo del deseo. 
    Cristal y amor te cercan, una danza, 
    un reflejo del cielo en la sonrisa. Hiere, 
    cobra su presa la locura del tiempo; 
    es el latido de una voz 
    por el sendero dulce que punzaba los ojos. 
    Como violenta espada, fuego estéril, 
    animal de las aguas, sube la sangre 
    turbia a donde vives. 
    Nace, vagido doloroso, al clamor 
    de tus plantas, una estrella del fondo 
    de aquel mar que alimenta 
    la tristeza de un canto. 
    Sube al dintel y apaga de las brasas 
    el temblor y los fríos 
    designios de las aves: un destino 
    que cierra la pasión en tus labios. 

    Bebe la hiel que ofrezco en este cáliz, 
    humedece la ronca desazón 
    que anida en la garganta. 
    Un mar respira por mis venas y hojas, 
    hojas azules adorno de la frente. 
    Bebe este resplandor que vierten mis pupilas, 
    ata mis manos con tu caricia inmóvil, 
    rompe el párpado impune 
    que ha sellado una lenta podredumbre 
    en el vientre. ¡Vuelva tu rostro a ser 
    la vida que se pierde 
    sobre mi vidrio en llamas! 
    Mi amenaza fue amor, llanto 
    que en blancas espirales apresaba 
    en la huida el odio de su manto... 
    Arrastré mi clamor prendido de una espalda 
    Y la sangre nublaba su tersura. 
    Mi sombra fue como se cubre el día, 
    súplica, espera, vértigo de las horas, 
    astro sobre la piel, silbido, aroma, engaño. 
    La esquiva orla del ropaje 
    imprime, desde el seco caudal, una razón 
    un vuelo, firme como la muerte 
    que se aferra a los miembros; 
    a los brazos que trazan su desdén en el agua. 
    ¡Velar tu nombre a la deriva, 
    eterna la riqueza de quien se lleva el aire!