A Lucinda, en el fin de año, de Juan Pablo Forner | Poema

    Poema en español
    A Lucinda, en el fin de año


    ¡Qué importa que ligera 
    la edad, huyendo en presuroso paso, 
    mi vida abrevie en la callada huida, 
    si cobro nueva vida 
    cuando en las llamas de tu amor me abraso, 
    y logro renacer entre su hoguera, 
    como el ave del sol, que vida espera? 

    Amor nunca fue escaso, 
    ¡oh, Lucinda amorosa! 
    y aumenta gustos en los pechos tiernos. 
    Si el año tuvo fin, serán eternos 
    los que goce dichosa 
    mi dulce suerte entre tus dulces brazos, 
    ¡oh mi Lucinda hermosa!, 
    brazos con tal blandura, que los lazos 
    vencerán de la Venus peregrina, 
    cuando, suelto el cabello, 
    a Marte desafía 
    y al victorioso dios vence en batalla; 
    en ellos mi amor halla 
    la vida, que en sus vueltas a porfía 
    el sol fúlgido y bello 
    me lleva en su carrera presurosa, 
    ¡oh Lucinda amorosa!, 
    y en la estación helada, 
    cuando su margen despojada enfría 
    el yerto Manzanares, 
    al año despidiendo con su hielo, 
    la lumbre de tu cielo 
    dará calor a la esperanza mía, 
    ajena de pesares, 
    no perdida mi edad, mas renovada, 
    por más que el año huya, 
    con el calor de la esperanza tuya. 

    ¡Oh! siempre acompañada 
    te goces del deseo que me anima, 
    más años que agradable 
    flores esparce en la húmeda ribera 
    la alegre primavera; 
    y nunca el cielo oprima 
    la dulce risa de tu rostro hermoso 
    con disgusto enojoso, 
    permitiendo que goce yo las flores 
    (como fiel mariposa 
    o cual dorada abeja, que su aliento 
    chupa, y en ellas forma su alimento) 
    de tus dulces amores, 
    ¡oh mi Lucinda hermosa! 
    Y vuele el tiempo, pues su paso lento 
    detiene mi contento, 
    detiene torpe su estación tardía, 
    que tú me llames tuyo, y yo a ti mía; 
    vuele, vuele en buen hora, 
    y este año tenga fin, y juntamente 
    le tengan otros y otros; y el violento 
    curso de Febo, que la tierra dora 
    con su madeja ardiente, 
    su carrera apresure, 
    y tanto, en tanto mi ventura dure, 
    cuanto en tu pecho vea 
    reinar la llama que mi amor desea. 

    Vuelen, vuelen las horas, 
    y llévense los días y los años 
    en sus vueltas traidoras, 
    y llegue el tiempo en que mi amor posea 
    tu pecho unido al amoroso mío, 
    y la suerte gozosa 
    dé fin dichoso al ruego que la envío, 
    oh Lucinda amorosa; 
    y en tanto los engaños 
    de amor tengan tu pecho entretenido 
    con deseo, esperanza, 
    manjares que alimentan a Cupido. 
    ¡Oh tardos días de presentes daños! 

    Por vosotros alcanza 
    su fin cuanto en el mundo es comprendido. 
    Pues huid, y dad fin al encendido 
    fuego en que mis deseos se alimentan; 
    mas, lográndolos luego, 
    el paso diligente 
    que detengáis os ruego; 
    dejad que entonces, pues que ahora cuentan 
    siglos los años, yo, mi bien gozando, 
    haga siglos los días, 
    y tanto dure en las venturas mías, 
    cuanto el alegre tiempo dar pudiera 
    estación venturosa 
    de tu edad a la hermosa primavera, 
    oh mi Lucinda hermosa.