'Elegía a las musas', de Leandro Fernández de Moratín | Poema

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Título: Elegía a las musas
Autor: Leandro Fernández de Moratín
Narrador: Francisco Fernández

 

 

Elegía a las musas

 

Esta corona, adorno de mi frente,
esta sonante lira y flautas de oro
y máscaras alegres, que algún día
me disteis, sacras Musas, de mis manos
trémulas recibid, y el canto acabe,
que fuera osado intento repetirlo.
He visto ya cómo la edad ligera,
apresurando a no volver las horas,
robó con ellas su vigor al numen.
Sé que negáis vuestro favor divino
a la cansada senectud, y en vano
fuera implorarlo; pero en tanto, bellas
ninfas, del verde Pindo habitadoras,
no me neguéis que os agradezca humilde
los bienes que os debí. Si pude un día,
no indigno sucesor de nombre ilustre,
dilatarlo famoso, a vos fue dado
llevar al fin mi atrevimiento. Sólo
pudo bastar vuestro amoroso anhelo
a prestarme constancia en los afanes
que turbaron mi paz, cuando insolente,
vano saber, enconos y venganzas,
codicia y ambición la patria mía
abandonaron a civil discordia.

Yo vi del polvo levantarse audaces
a dominar y perecer tiranos,
atropellarse efímeras las leyes
y llamarse virtudes los delitos.
Vi las fraternas armas nuestros muros
bañar en sangre nuestra, combatirse,
vencido y vencedor, hijos de España,
y el trono desplomándose al vendido
ímpetu popular. De las arenas
que el mar sacude en la fenicia Gades,
a las que el Tajo lusitano envuelve
en oro y conchas, uno y otro imperio,
iras, desorden esparciendo y luto,
comunicarse el funeral estrago.
Así cuando en Sicilia el Etna ronco
revienta incendios, su bifronte cima
cubre el Vesubio en humo denso y llamas,
turba el Averno sus calladas ondas;
y allá del Tibre en la ribera etrusca
se estremece la cúpula soberbia
que al vicario de Cristo da sepulcro.
¿Quién pudo en tanto horror mover el plectro?
¿Quién dar al verso acordes armonías,
oyendo resonar grito de muerte?
Tronó la tempestad; bramó iracundo
el huracán, y arrebató a los campos
sus frutos, su matiz; la rica pompa
destrozó de los árboles sombríos;
todas huyeron tímidas las aves
del blando nido, en el espanto mudas:
no más trinos de amor. Así agitaron
los tardos años mi existencia, y pudo
sólo en región extraña el oprimido
ánimo hallar dulce descanso y vida.

Breve será, que ya la tumba aguarda
y sus mármoles abre a recibirme;
ya los voy a ocupar… Si no es eterno
el rigor de los hados, y reservan
a mi patria infeliz mayor ventura,
dénsela presto, y mi postrer suspiro
será por ella… Prevenid en tanto
flébiles tonos, enlazad coronas
de ciprés funeral, Musas celestes;
y donde a las del mar sus aguas mezcla
el Garona opulento, en silencioso
bosque de lauros y menudos mirtos,
ocultad entre flores mis cenizas.

 

  • Elegía a las musas

    Esta corona, adorno de mi frente,
    esta sonante lira y flautas de oro
    y máscaras alegres, que algún día
    me disteis, sacras Musas, de mis manos
    trémulas recibid, y el canto acabe,
    que fuera osado intento repetirlo.
    He visto ya cómo la edad ligera,
    apresurando a no volver las horas,
    ...

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    Gertrudis Gómez de Avellaneda

    Soledad del alma

    Gertrudis Gómez de Avellaneda

    La flor delicada, que apenas existe una aurora,
    tal vez largo tiempo al ambiente le deja su olor…
    Mas, ¡ay!, que del alma las flores, que un día atesora
    muriendo marchitas no dejan perfume en redor.
    La luz esplendente del astro fecundo del día
    se apaga, y sus huellas aún forman hermoso arrebol…
    mas ¡ay!, cuando el alma le llega la noche sombría,
    que guarda el fuego sagrado que ha sido su sol?
    ...

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    Rosalía de Castro

    Dicen que no hablan las plantas, ni las fuentes, ni los pájaros...

    Rosalía de Castro

    Dicen que no hablan las plantas, ni las fuentes, ni los pájaros,
    ni el onda con sus rumores, ni con su brillo los astros,
    lo dicen, pero no es cierto, pues siempre cuando yo paso,
    de mí murmuran y exclaman:
    —Ahí va la loca soñando
    con la eterna primavera de la vida y de los campos,
    y ya bien pronto, bien pronto, tendrá los cabellos canos,
    y ve temblando, aterida, que cubre la escarcha el prado.
    ...

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    Concepción Arenal

    El anteojo

    Concepción Arenal

    Juan y Pedro, una disputa
    trabaron, estrepitosa,
    sobre si grande una cosa
    era, o si era diminuta.
    La mano en el corazón
    juraban decir verdad
    ambos con sinceridad,
    y uno sólo con razón.
    ...

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    Paul Verlaine

    Claro de luna

    Paul Verlaine

    Vuestra alma es un exquisito paisaje,
    Que encantan máscaras y bergamascos,
    Tocando el laúd y danzando y casi
    Tristes bajo sus fantásticos disfraces.
    Siempre cantando en el tono menor,
    El amor triunfal y la vida oportuna
    Parecen no creer en su felicidad
    Y sus canciones se unen al claro de la luna.
    ...