Amor hereos, de Álvaro Sarró | Poema

    Poema en español
    Amor hereos

    Frente a mí, un níveo maniquí femenino.
    Peluca encarnada y vagina de látex.
    Quiere absorber mi semen.
    Nutrirse de mi semilla.
    Inflar sus tejidos y aportarles la vitalidad de mi esperma.

    Sus dedos se han fusionado.
    Estilo pinza crustácea.
    Así palpa mi rostro.
    Ni siquiera está caliente.
    (Está del tiempo).

    Me persigue
    escaleras mecánicas arriba,
    escaleras mecánicas abajo.

    Los probadores no son un buen escondite.
    Retiro la cortina y me topo con otra violación.
    La víctima es un anciano consumido.
    A juzgar por la expresión de su rostro, desde hace mil años.
    Aprox.
    Su maniquí luce un sombrero granate con una florecilla salpicada de purpurina.
    En el habitáculo contiguo, un quinceañero se masturba compulsivamente.
    Sin perder detalle.

    Sigo corriendo.
    Ropa de marca.
    Autómatas con las uñas pintadas.
    Matrices artificiales, pero sedientas.
    Bufandas de ochenta pavos.
    Lencería de encaje.
    Las vaginas de látex siguen apareciendo por todos los putos recovecos del centro comercial.
    Los maniquíes macho leen la prensa deportiva de hace una semana o miran los televisores en la sección de tecnología.

    La tengo exageradamente dura.
    La entrepierna alberga la práctica totalidad de mis fluidos.
    Los focos parpadean.
    Los tobillos chirrían.
    No puedo seguir corriendo.
    Me arrodillo.
    Imploro.
    Rezo una oración que jamás he conocido.
    No puedo seguir f@llando.

    Tengo poca sangre y, cuando me empalmo, me desvanezco.

    • El dolor de tripa.
      Las mismas trabas a la hora de narrar.
      Todo le suena pretencioso, envasado, artificial.
      Debe recuperar la furia de días pasados.
      Entonces, las historias brotaban como pus.
      Removían mentalidades.
      Eso es lo que trata de hacer.

    • A veces, estando solo en mi habitación, lloro de angustia.
      Procuro no hacer ruido, por lo que, generalmente, me cuesta respirar.
      Escribir no consigue aliviar este miedo a perder a los míos.
      Vivo atenazado por el temor de que cada instante compartido sea el último.

    • Tirado en la vieja mecedora.
      En la terraza del apartamento playero.
      Alzo la lata de Estrella Damm.
      Como si fuera el Santo Grial.
      Bebo con los ojos cerrados.
      El agua condensada gotea sobre mi ombligo.
      Acerco esta cerveza mediterránea a mis ojos miopes.

    • Almuerzo en un bar, junto al metro de Avenida de la Ilustración.
      Bocadillo de calamares, tercio de Mahou, puñado de torreznos y 1984.
      Entro a currar en hora y media.
      Tic tac, tic tac.
      Aquí dentro se está de lujo.

    • Las sirenas azules aúllan atravesando la avenida.
      A toda velocidad.
      Dos, cuatro, seis.
      Se saltan semáforos.
      Provocan frenazos.
      E improperios.
      En Vicálvaro deben de tener mucho follón.
      O un menú del día que te cagas.
      Jornada tras jornada.

    • Al sexto cubata solía fantasear con:
      Cambiar su jotabé-cola por un acá-cuarentaysiete.
      Entrar en la pista central.
      Abrirse paso entre la multitud.
      - Entre los cavernícolas que se empujan como ciervos.
      - Entre las féminas de largas piernas y labios rojos.

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