La edad de oro, de Álvaro Sarró | Poema

    Poema en español
    La edad de oro

    Los restos del desayuno acampan sobre el mantel.
    Ella ha tenido un apretón.
    Escucho cómo canta una de esas estúpidas canciones de la radio.
    Su voz ondea desde el cuarto de baño.
    Y tiene una voz preciosa.
    Yo juego al Angry Birds con su teléfono.
    En calzoncillos, tumbando la silla.
    Inclino la cabeza.
    Un reloj de arena (Rdo. de Santander) me observa.
    Su mirada ondea desde la estantería.
    La arena se desliza por su cintura.
    Minúsculas partículas de roja arena roja.
    La existencia se consume, grano a grano a grano.
    Y sólo vuelve a despertar cuando algún genio se encarga de darle la vuelta a todo.
    Pienso en ella.
    En lo guapa que está cuando no se seca el pelo.
    Cuando acudimos al límite de la inmensidad.
    Cuando la brisa del mar le ondula los mechones.
    Cuando se acerca en braguitas, desde el fondo del pasillo, y me roza el cuello con sus labios, y huele a sal, crema hidratante, y a la fusión de nuestros límpidos sudores sobre las sábanas.
    Recuerdos absurdos que ahora se clavan.

    • Tirado en la vieja mecedora.
      En la terraza del apartamento playero.
      Alzo la lata de Estrella Damm.
      Como si fuera el Santo Grial.
      Bebo con los ojos cerrados.
      El agua condensada gotea sobre mi ombligo.
      Acerco esta cerveza mediterránea a mis ojos miopes.

    • Al sexto cubata solía fantasear con:
      Cambiar su jotabé-cola por un acá-cuarentaysiete.
      Entrar en la pista central.
      Abrirse paso entre la multitud.
      - Entre los cavernícolas que se empujan como ciervos.
      - Entre las féminas de largas piernas y labios rojos.

    • Disfruto de un interesante sueldo.
      Aprovecho mi privilegiada situación social.
      Me financio los vicios.
      Poseo vastos conocimientos teóricos.
      Me gusta considerarme progresista, creador, artista.
      Pero la gente superficial (y mala) añade datos a mi descripción.

    • El dolor de tripa.
      Las mismas trabas a la hora de narrar.
      Todo le suena pretencioso, envasado, artificial.
      Debe recuperar la furia de días pasados.
      Entonces, las historias brotaban como pus.
      Removían mentalidades.
      Eso es lo que trata de hacer.

    • Almuerzo en un bar, junto al metro de Avenida de la Ilustración.
      Bocadillo de calamares, tercio de Mahou, puñado de torreznos y 1984.
      Entro a currar en hora y media.
      Tic tac, tic tac.
      Aquí dentro se está de lujo.

    • La vuelta a casa puede resultar dura.

      Tu vieja almohada, raída, fiel, de anchura y dureza justas, ha sido sustituida por una nueva, sintética, de penetrante y desagradable

      O
      L
      O
      R.

      Materiales tóxicos.

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