Picnic en el Retiro, de Álvaro Sarró | Poema

    Poema en español
    Picnic en el Retiro

    Me recosté sobre la hierba.
    La boca de L. suspiraba enamorada junto a mi oreja.
    Manzanas y bocadillos de tortilla.
    Y pilas de besos.
    Observábamos a la niña oriental que regaba margaritas con el tapón de una botella de agua mineral.

    Cantaba, cantaba mientras echaba un poquito de agua en el tapón,
    con muchísima delicadeza;
    y luego vertía el líquido junto a los tallos de las flores,
    del tamaño de su dedo meñique.

    Sin mirarnos.
    Nos agarramos las manos.
    Reafirmando nuestro pacto.
    Alejandra.
    La niña que ahora sé que nunca tendremos.
    Pero que, por aquel entonces, era mi más radiante esperanza.

    • Al sexto cubata solía fantasear con:
      Cambiar su jotabé-cola por un acá-cuarentaysiete.
      Entrar en la pista central.
      Abrirse paso entre la multitud.
      - Entre los cavernícolas que se empujan como ciervos.
      - Entre las féminas de largas piernas y labios rojos.

    • Tirado en la vieja mecedora.
      En la terraza del apartamento playero.
      Alzo la lata de Estrella Damm.
      Como si fuera el Santo Grial.
      Bebo con los ojos cerrados.
      El agua condensada gotea sobre mi ombligo.
      Acerco esta cerveza mediterránea a mis ojos miopes.

    • A veces, estando solo en mi habitación, lloro de angustia.
      Procuro no hacer ruido, por lo que, generalmente, me cuesta respirar.
      Escribir no consigue aliviar este miedo a perder a los míos.
      Vivo atenazado por el temor de que cada instante compartido sea el último.

    • El dolor de tripa.
      Las mismas trabas a la hora de narrar.
      Todo le suena pretencioso, envasado, artificial.
      Debe recuperar la furia de días pasados.
      Entonces, las historias brotaban como pus.
      Removían mentalidades.
      Eso es lo que trata de hacer.

    • Almuerzo en un bar, junto al metro de Avenida de la Ilustración.
      Bocadillo de calamares, tercio de Mahou, puñado de torreznos y 1984.
      Entro a currar en hora y media.
      Tic tac, tic tac.
      Aquí dentro se está de lujo.

    • Las sirenas azules aúllan atravesando la avenida.
      A toda velocidad.
      Dos, cuatro, seis.
      Se saltan semáforos.
      Provocan frenazos.
      E improperios.
      En Vicálvaro deben de tener mucho follón.
      O un menú del día que te cagas.
      Jornada tras jornada.

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