Me recosté sobre la hierba. La boca de L. suspiraba enamorada junto a mi oreja. Manzanas y bocadillos de tortilla. Y pilas de besos. Observábamos a la niña oriental que regaba margaritas con el tapón de una botella de agua mineral.
Cantaba, cantaba mientras echaba un poquito de agua en el tapón, con muchísima delicadeza; y luego vertía el líquido junto a los tallos de las flores, del tamaño de su dedo meñique.
Sin mirarnos. Nos agarramos las manos. Reafirmando nuestro pacto. Alejandra. La niña que ahora sé que nunca tendremos. Pero que, por aquel entonces, era mi más radiante esperanza.
Frente a mí, un níveo maniquí femenino. Peluca encarnada y vagina de látex. Quiere absorber mi semen. Nutrirse de mi semilla. Inflar sus tejidos y aportarles la vitalidad de mi esperma.
Un atónito búho de conchas me espía desde detrás de la catedral de Palma, en la estantería azul. La llama de una vela se menea ante los rostros de la Virgen y Jesucristo. Un angelillo toca el laúd, bien cerca.
Me hubiera gustado escribir la continuación de la historia de la hiedra moribunda. De verdad. Pero ha sido reemplazada por una rolliza planta de Aloe Vera.