26 de julio de 2012. Nueve y pico de la tarde. Salgo de casa. No aviso a L. Estará gozando en las fiestas de su pueblo. (Y no quisiera preocuparla en balde). Giro el contacto. Empieza a chispear. Conduzco hacia la R-3. Huele a tormenta.
El jefe jefazo tiene cara de mala hostia. Lleva el pelo de oreja a oreja, como lamido por un choto. Camisa azul, por dentro del pantalón, como sujeción para su barriga colgandera.
En nuestro día a día es imposible captarlo; salvo, quizás, cuando estás embebido en el torbellino de tu imaginación. (Especialmente, si el reloj de la mesilla marca las dos y cuarenta y tres de la madrugada). Encerrado, en la habitación asfixiante.
Cada día me asemejo un poco más al cadáver que seré. Algunas veces la evidencia me atenaza. Me paro frente al espejo. E intento verme morir. Segundo a segundo. Célula a célula. Una ojerosa imagen me devuelve la tentativa desde el otro lado.
Papá ha comprado un pack de cervezas Aloysius. Ochentaypico céntimos el medio litro. Es birra de trigo, negra. Nunca he visto cosa igual. . James Joyce tenía Aloysius como tercer nombre. Tal vez por eso su Retrato del artista adolescente
Eres demasiado joven para encadenarte. Demasiado egoísta, demasiado infantil. Piensas en lo tuyo pero no lo agarras. No lo trabajas tanto como deberías.
Ella dijo que eres lo más importante del mundo. Todos lo somos.