Campo de batalla, de Ángel González | Poema

    Poema en español
    Campo de batalla

    Hoy voy a describir el campo 
    de batalla 
    tal como yo lo vi, una vez decidida 
    la suerte de los hombres que lucharon 
    muchos hasta morir, 
    otros 
    hasta seguir viviendo todavía. 

    No hubo elección: 
    murió quien pudo, 
    quien no pudo morir continuó andando, 
    los árboles nevaban lentos frutos; 
    era verano, invierno, todo un año 
    o más quizá, era la vida 
    entera 
    aquel enorme día de combate. 

    Por el Oeste el viento traía sangre, 
    por el Este la tierra era ceniza, 
    el Norte entero estaba 
    bloqueado 
    por alambradas secas y por gritos, 
    y únicamente el Sur, 
    tan sólo 
    el Sur, 
    se ofrecía ancho y libre a nuestros ojos. 

    Pero el Sur no existía: 
    ni agua, ni luz, ni sombra, ni ceniza 
    llenaban su oquedad, su hondo vacío: 
    el Sur era un inmenso precipicio, 
    un abismo sin fin de donde, 
    lentos, 
    los poderosos buitres ascendían. 

    Nadie escuchó la voz del capitán 
    porque tampoco el capitán hablaba. 
    Nadie enterró a los muertos. 
    Nadie dijo: 
    «dale a mi novia esto si la encuentras 
    un día» 

    Tan sólo alguien remató a un caballo 
    que, con el vientre abierto, 
    agonizante, 
    llenaba con su espanto el aire en sombra: 
    el aire que la noche amenazaba. 

    Quietos, pegados a la dura 
    tierra, 
    cogidos entre el pánico y la nada, 
    los hombres esperaban el momento 
    último, 
    sin oponerse ya, 
    sin rebeldía. 

    Algunos se murieron, 
    como dije, 
    y los demás, tendidos, derribados, 
    pegados a la tierra en paz al fin, 
    esperan 
    ya no sé qué 
    -quizá que alguien les diga: 
    «amigos, podéis iros, el combate…» 
    Entre tanto, 
    es verano otra vez, 
    y crece el trigo 
    en el que fue ancho campo de batalla.

    Ángel González, uno de los más destacados representantes de la llamada generación del medio siglo, ha publicado los siguientes libros de poemas: Áspero mundo (1956), Sin esperanza, con convencimiento (1961), Grado elemental (Premio Antonio Machado, 1962), Palabra sobre palabra (1965), Tratado de urbanismo (1967 y 1976), Breves acotaciones para una biografía (1971), Procedimientos narrativos (1972), Muestra de algunos procedimientos narrativos y de las actitudes sentimentales que habitualmente comportan (1976, segunda edición aumentada y corregida, 1977), «Harsh World» and Other Poems (edición bilingüe, 1977), Prosemas o menos (1985), Deixis en fantasma (1992) y Otoños y otras luces (2001). Se le deben asimismo los libros ensayísticos Juan Ramón Jiménez (1973), El grupo poético de 1927 (1976), Gabriel Celaya (1977) y Antonio Machado (1979). En 1985 obtuvo el Premio Príncipe de Asturias de las Letras, y en 1996 el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana. En este mismo año fue elegido miembro de la Real Academia Española, y tomó posesión al año siguiente. En 1968 apareció por primera vez en un solo volumen, bajo el título de Palabra sobre palabra, toda la poesía publicada hasta entonces por Ángel González, actualizada en posteriores ediciones (1972, 1977 y 2003).

    • La lágrima fue dicha. 

      Olvidemos 
      el llanto 
      y empecemos de nuevo, 
      con paciencia, 
      observando las cosas 
      hasta hallar la menuda diferencia 
      que las separa 
      de su entidad de ayer 
      y que define 
      el transcurso del tiempo y su eficacia. 

    • Ayer fue miércoles toda la mañana. 
      Por la tarde cambió: 
      se puso casi lunes, 
      la tristeza invadió los corazones 
      y hubo un claro 
      movimiento de pánico hacia los 
      tranvías 
      que llevan los bañistas hasta el río. 

    • Hace miles de años, 
      alguien, 
      un esclavo quizá, 
      descansando a la sombra de los árboles, 
      furtivamente, 
      en un lugar aislado 
      del fértil territorio 
      conquistado por su dueño el guerrero, 
      al contemplar los campos 
      regados por el río 

    • Domingo, flor de luz, casi increíble 
      día. Bajas sobre la tierra 
      como un ángel inútil y dorado. 
      Besas 
      a las muchachas 
      de turbia cabellera, 
      vistes de azul marino 
      a los hombres que te aman, y dejas 
      en las manos del niño 
      un aro de madera