'Zona residencial', de Ángel González | Poema

Título: Zona residencial
Autor: Ángel González
Narrador: Francisco Fernández

 

 

Zona residencial

 

Hasta un ciego podría adivinarlo:
la perfección reside en estas calles.

Los ruidos, los olores,
el timbre delicado
de las voces humanas, el júbilo
de los ladridos,
el rumor armonioso de los coches,
la discreta presencia de las lilas,
incluso
la templanza del aire que difunde su aroma,
revelan, sin más datos,
eso que la mirada
comprueba

en las palomas viandantes

(remisas a la hora
de abandonar las migas
de pan, pese a la terca
irrupción de pisadas o neumáticos),

en la actitud cortés de los jardines
particulares

(generosos no sólo
en la distribución de polen y fragancia,
sino también volcados en la entrega
del cuerpo mismo de las flores
que se ofrecen, abiertas y sumisas,
entre las verjas o sobre las tapias),

en las personas y sus atributos:
niños
(bicicletas y risas niqueladas),

militares
(de alta graduación, sin sable
ni escopeta, sólo
con artritismo y condecoraciones),

adolescentes
(de agradable formato, encuadernados
en piel de calidad insuperable)

doncellas
(del servicio doméstico
-se entiende-,
también bellas debajo de la cofia),

y otros seres adultos
(señoras de buen porte, caballeros
de excelentes modales,
carteros presurosos,
conductores corteses)...

Todo, en resumen, lo que ven los ojos
o escuchan, tocan, huelen los sentidos,
es síntoma, sin duda,
de la bondad, del orden, de la dicha
que ha de albergar un mundo tan perfecto.

 

  • Inventario de lugares propicios para el amor

    Son pocos.
    La primavera está muy prestigiada, pero
    es mejor el verano.
    Y también esas grietas que el otoño
    forma al interceder con los domingos
    en algunas ciudades
    ya de por sí amarillas como plátanos.
    El invierno elimina muchos sitios:
    ...

  • Aquella luz

    ¡Volver a ver el mundo como nunca
    había sido...!
    En los últimos días del verano,
    el tiempo detenido en la gran pausa
    que colmaría septiembre con sus frutos,
    demorándose en oro
    octubre,
    y el viento de noviembre que llevaba
    ..

  • Zona residencial

    Hasta un ciego podría adivinarlo:
    la perfección reside en estas calles.
    Los ruidos, los olores,
    el timbre delicado
    de las voces humanas, el júbilo
    de los ladridos,
    el rumor armonioso de los coches,
    la discreta presencia de las lilas,
    ...

  • Porvenir

    Te llaman porvenir
    porque no vienes nunca.
    Te llaman: porvenir,
    y esperan que tú llegues
    como un animal manso
    a comer en su mano.
    Pero tú permaneces
    más allá de las horas,
    ...

  • Mario Benedetti

    Quizá fue una hecatombe de esperanzas
    un derrumbe de algun modo previsto
    ah pero mi tristeza solo tuvo un sentido
    todas mis intuiciones se asomaron
    para verme sufrir
    y por cierto me vieron
    hasta aquí había hecho y rehecho
    mis trayectos contigo
    ...

  • Miguel Hernández

    Yo quiero ser llorando el hortelano
    de la tierra que ocupas y estercolas,
    compañero del alma, tan temprano.
    Alimentando lluvias, caracolas
    y órganos mi dolor sin instrumento,
    a las desalentadas amapolas
    daré tu corazón por alimento.
    Tanto dolor se agrupa en mi costado
    ...

  • César Vallejo

    He almorzado solo ahora, y no he tenido
    madre, ni súplica, ni sírvete, ni agua,
    ni padre que, en el facundo ofertorio
    de los choclos, pregunte para su tardanza
    de imagen, por los broches mayores del sonido.
    Cómo iba yo a almorzar. Cómo me iba a servir
    de tales platos distantes esas cosas,
    cuando habrase quebrado el propio hogar,
    ...

  • Pedro Salinas

    Para vivir no quiero
    islas, palacios, torres.
    ¡Qué alegría más alta:
    vivir en los pronombres!
    Quítate ya los trajes,
    las señas, los retratos;
    yo no te quiero así,
    disfrazada de otra,
    ...