El sexo en siete lecciones, de Eduardo Lizalde | Poema

    Poema en español
    El sexo en siete lecciones


    1. Gozo y tortura 
    que el Tártaro y el Cielo 
    -uña de carne- desempeñan. 

    Al sexo y su desorden milagroso, 
    a su perfecto matrimonio;, 
    de beso y abrelatas, sucumbimos. 

    A la gloria del sexo, 
    a su desenfrenado latrocinio, 
    su avaricia impecable, 
    alto, cedemos. 



    * * * 



    2. Y por estar a flote, 
    por ser la superficie de la espuma en la piel, 
    por ser lo más visible y general, 
    por ser el más común lugar del paraíso visitado, 
    el sexo, lo evidente, 
    lo que a todos iguala, 
    lo esencial-sabia era Eva, 
    ingenuo Segismundo-, 
    por ser el sexo algo tan real, 
    lo único real acaso, 
    sólo se existe y vive a su merced. 

    No es reducible el sexo a números ni a ciencia, 
    no es cosa comprensible, 
    no es natural ni humano 
    y la divinidad lo desconoce. 

    Lo real no está sujeto a inquisición. 



    * * * 



    3. El tiempo escaso por costumbre 
    y, por la costumbre, frágil, 
    no basta para el amor 
    y es demasiado para el sexo. 

    Pero si en sexo se midiera el tiempo 
    si el sexo -el gozo, mejor dicho- fuera 
    una unidad de tiempo, 
    sería la más pequeña 
    que el reloj pudiera imaginar, 
    la apenas registrable, 
    el átomo del tiempo. 



    * * * 



    4. Ni el denodado goce de los cuerpos, 
    ni el carnívoro roce de las bocas, 
    ni las fieras sensuales de los dedos, 
    ni las mejillas ardorosas, 
    ni el sudor refrescante de los pechos 
    -su rima encantadora-, 
    ni el tacto delicioso de los muslos, 
    ni la plata del pubis, 
    ni las caudas azules y viriles, 
    son suficientes para el sexo. 

    La plena saciedad misma, no basta. 
    Lacios los cuerpos tras el goce, exhaustos, 
    bebidos uno a otro hasta las plantas, 
    sueñan, despiertos, con el sexo. 
    Sólo han probado, sólo empiezan a hervir. 
    La saciedad más absoluta 
    es siempre, apenas, el principio. 



    * * * 



    5. El cuerpo es siempre virgen para el sexo. 
    El cuerpo siempre, Paul, recomenzando. 
    Y el cuerpo eterno, el fiero eterno cuerpo 
    muere antes que el sexo. 



    * * * 



    6. Y nada de que el sexo 
    sólo con amor es sexo. 
    El sexo es siempre amor, 
    nunca el amor es sexo. 
    El amor no es amor, 
    el sexo es el amor. 
    No hay sexo sin amor 
    pero hay amor sin sexo, y no lo es. 
    Todo amor sin sexo es corruptible. 
    Sólo una advertencia: 
    es ya desgracia conocida 
    que el sexo y el amor no sean posibles 
    sino con personas, 
    con almas y con cuerpos de cuatro dimensiones, 
    con seres existentes, 
    y nunca con fantasmas o sombras pasajeras, 
    mucho menos con plantas o gallinas. 



    * * * 



    7 (y última). El sexo es una cosa 
    que se embellece cuando se la mira. 
    Y la prostitución es su magnífico revés, 
    su negación perfecta, 
    su ausencia depresiva. 
    El sexo es este Dios moldeado 
    por su más portentosa y vil creatura.