La despedida, de Eladio Cabañero | Poema

    Poema en español
    La despedida


    «Adiós, hijo, ya no nos volveremos a ver.»
    («De una carta de mi padre». ) 

     
    Como el olvido es malo, nunca olvido; 
    han pasado estos años... Ahora veo 
    que es necesario hablar de despedirnos, 
    de un documento extraño que se firma 
    para dejar de ver a los que amamos. 

    A solas pienso: «esto tan ancho sé que no es el mundo, 
    ni esta sed, este silencio; 
    la gran apuesta, la esperanza. 
    de la victoria entre pared y pared tampoco». 

    A todo esto, padre, 
    verás cómo no puedo despedirme. 
    La vida es la noticia que no se puede olvidar 
    más fácilmente; 
    verás cómo no puedo decir nada. 
    Vivir, seguir 
    esta perdida apuesta es lo que importa 
    aunque estemos en medio de la calle 
    sin nada que vender ni que ponernos. 
    (Entre las cosas viejas de la casa 
    tu tapabocas roto, tu boina, 
    ropas tuyas 
    tan cargadas de tiempo; y aquella carta 
    que pareciera cursi si no fuera 
    porque es tan de verdad. ) A todo esto... 

    «Hay que ser generosos, 
    los demás están solos, necesitan 
    que alguien se ocupe de ellos 
    porque el amor más mínimo les falta; 
    amamos poco al hombre», tú me dices. 
    Leo tu carta pensando 
    que siempre he sido un torpe y que no he visto 
    cómo eras tú hasta ahora que me faltas. 
    Aquellos ojos en mis ojos, música 
    entre los dos, y aquellas manos, 
    no los pude apreciar porque hasta entonces 
    vivíamos sin un luto. 

    Bien recuerdo las cosas: 
    si íbamos a comer, estaba madre 
    atareada y fuerte entre nosotros; 
    bien lo estoy recordando... 
    nos iba así la vida y yo era un niño 
    en libertad en las calles de su pueblo 
    que mirando a su abuelo pensó en Dios. 

    No amamos bien al hombre. 
    Recordando aquel pan y aquella cárcel, 
    viéndote emocionado, 
    fiado en la verdad, claro, indefenso, 
    he vuelto a deshacer la despedida 
    para que ser tu hijo sea decirte 
    que no estás sin amor. 

    No me despido. 
    La temblorosa rúbrica de irse 
    hoy la recojo de tus manos, padre; 
    que no te olvido en la desgracia, no. 
    Sosténme, 
    sepa tu corazón, si ahora me escuchas, 
    que eres más bueno cada vez y que amo 
    la pequeña limosna de mi vida 
    antes de despedirnos para siempre.