Ahora tienes que decirlo,
bien alto y bien claro.
Decirlo bien, nada de susurros
de altavoz descabezado.
Como tú sabes. Ya saben
de lo que eres capaz
cuando te escondes.
Acuérdate de la fuente,
agárrate al pasado y surge
como un árbol inesperado.
Acuérdate de nosotros,
de los que ya no estamos.
Tienes fracturas pendientes
con la justicia. Crecer
por las cuestas del ocaso,
¿hay segunda vez acaso?
No puedes quitar una coma
sin quitarte de en medio.
Busca la verdad como un verbo
en el diccionario de antónimos.
Estás harto. Ellos esperan
y tú; no avanzamos. Te lanzas al vacío,
a la red blanca que imaginas en el pozo,
la líquida seguridad de los años.
Humanos del mundo, escribíos.
Escribid vuestro nombre de futuro
en otros ojos.
Mirad lejos del nosotros.
Mirad distinto.
Mirad impresionismo.
Mirad abstracto.
Dejad de miraros entre vosotros
señalando al loco.
Escribid, malditos. Escribid
mientras podáis sujetaros
con tres dedos la esperanza.
Escribid bien, alto y claro.
No preguntes por qué, pero me cuesta, me duele
cerrar cualquier libro por su verdad final.
Me exaspera la finitud sabida de cualquier gran historia,
el veinte por ciento abierto o cerrado de par en par.
A veces creo que he nacido para mirar al vértigo a los ojos.
No me gusta esa casa.
Hace un tiempo dejó de existir,
sin embargo sigue ahí delante.
El interés de la deuda soberana no cabe
en un poema. La poesía es infantil frente a
dos puntos de la prima de riesgo,
el descenso de la demanda agregada o la
eficiencia de nuevos mecanismos de esperanza.
Cuando se agota la paciencia,
siempre cae de ningún lado esta guerra.
Yo también quiero un jardín jugando
a las muñecas, una casa de madera limpia,
de aire fresco y ventanas de seda.
Uno empieza antes de esperar
que de sí surjan los motivos,
las guías, los objetivos a financiar.
Uno jugando a ser uno mismo
aprende los turnos, las cifras del azar
no exento del éxito de la probabilidad.
Si no te quise mañana,
por qué iba a quererte hoy, así,
como te querré en épocas pasadas.
Los planetas no se alinean
con las salamandras,
hojas secas se visten de guerras
bajo esta suela descalza.
Ni los sabios son inmunes a la ignorancia
ebria en dirección contraria.
Una vez quise ser bibliotecario
para matar moscas en el trabajo,
regañar a algún huérfano de libro,
traslucir sinopsis de una máscara,
adivinar la signatura pendiente.