Ahora tienes que decirlo,
bien alto y bien claro.
Decirlo bien, nada de susurros
de altavoz descabezado.
Como tú sabes. Ya saben
de lo que eres capaz
cuando te escondes.
Acuérdate de la fuente,
agárrate al pasado y surge
como un árbol inesperado.
Acuérdate de nosotros,
de los que ya no estamos.
Tienes fracturas pendientes
con la justicia. Crecer
por las cuestas del ocaso,
¿hay segunda vez acaso?
No puedes quitar una coma
sin quitarte de en medio.
Busca la verdad como un verbo
en el diccionario de antónimos.
Estás harto. Ellos esperan
y tú; no avanzamos. Te lanzas al vacío,
a la red blanca que imaginas en el pozo,
la líquida seguridad de los años.
Humanos del mundo, escribíos.
Escribid vuestro nombre de futuro
en otros ojos.
Mirad lejos del nosotros.
Mirad distinto.
Mirad impresionismo.
Mirad abstracto.
Dejad de miraros entre vosotros
señalando al loco.
Escribid, malditos. Escribid
mientras podáis sujetaros
con tres dedos la esperanza.
Escribid bien, alto y claro.
Una cáscara llena de ojos,
cortinas de lavanda tibia,
sobriedad pecuniaria
a estas alturas de la vida.
Canciones desaparecidas
gargantas de ausencia.
Pañuelos y despedida,
afilada busca que te busca.
Tengo que ir.
Todavía no he ido.
Tengo que ir pronto.
Enfrentarme solo
a su espacio fértil
amplio como un silencio
y sonreír agradecido
a su palabra de tierra.
Estar.
Estar con ella.
Quizás, quizás, quizás...
las alas blancas
sólo eran blancas con sol de cara,
ni siquiera alas de esperanza.
La negra sombra de un águila.
Hasta mi nombre,
todos votan al invento
de la propaganda,
un desfalco a la carta.
“Disculpe señor ministro
pero es usted un cabrón”.
La sala parecía estar de acuerdo,
hasta el mismísimo presidente
callaba a favor. “Lo es”,
empezó a decir, “ministro
esperanzador. Es usted
sin duda un gran cabrón,
si no el mejor”.
Todo ha sucedido más rápido
de lo esperado.
La bala atravesó su cabeza
antes incluso
de que la gota de sudor
o lágrima, no se sabe,
impactara
contra el suelo.
Antes incluso
que el barro.
El niño le pregunta a su sombra
quién ha tapado el sol
hasta dejarlo en los huesos.
Quién se ha bebido su vaso de leche.
Quién le encoge los zapatos
cuando crece.
Al acertar es imposible escoger lo heredado,
señalar el amor que nos viene encontrado.
Cuántos dedos son, sin haberlos tocado,
meses que el mar deshizo en naufragios.
Desmembrarse,
padecer el sentimiento retráctil,
sumirse en una voracidad de atalaya,
claudicar de la humanidad frágil.
En el fondo
sólo quieren descendencias millonarias,
rascacielos de transparencias a fuera.